viernes, 9 de enero de 2015

Tablero



Hoy toca una entrada de literatura. Hoy os dejo con un relato corto que escribí hace un tiempo para una antología pero que no fue elegido, ya que fue otro el que lo hizo. Pese a ello he de decir que en mi opinión este es mejor que el anterior.

“En 1914 un atentado en Sarajevo acabó con el gran sueño europeo”
                             
La mesa tenía cuatro patas. La primera de todas era una columna dórica, sencilla, funcional, racional; una columna que cumplía con su función y lo hacía con elegancia. La segunda, en cambio, se alzaba grandiosa y orgullosa, aunque compartía su racionalidad con la primera. La tercera, por el contrario, no era de piedra sino de madera y era estilizada y grácil, simple, esquemática. La cuarta, finalmente, era un amalgama de materiales que iban del rico oro al desnudo yeso y representaban infinitud de símbolos, como pirámides, cruces o medias lunas. Las cuatro patas, pese a su variado origen, cumplían con la tarea de sostener un gran tablero vítreo.
                                                      
Sobre el tablero descansaban distintas figuras. Unas grandes y otras pequeñas, pero todas en armonía. A un costado encontrábamos una poderosa flota que sostenía a un gran hombre coronado; sus brazos, enormes, llegaban a los extremos del tablero. Recostada en él había una hermosa joven de mirada despreocupada, vestida con una túnica  y tocada con un gorro frigio. Un niño comiendo chocolate completaba la estampa. Eso sí, de la mano de la mujer salía un pequeño hilo que cruzaba el tablero hacia el otro extremo, sujetando la mayor figura del tablero, un osode múltiples y poderosos brazos, pero que contaba con pies de barro.

Pero debajo del hilo otras figuras aportaban nuevos matices.  Una de ellas, la más bella de todas, representaba a un hombre hermoso, de gran fortaleza,que destilaba el vigor de la juventud. En su brazo se sostenía una anciana que se apoyabaorgullosasu bastón y vestía un precioso vestido multicolor con gallardía. Junto a ellos, aunque más atrás, un hombre con barba blanca y apariencia cansada, miraba a los ojos a la muerte. El cuadro lo completaba un adolescente con un fino bigote que no parecía saber muy bien que hacia allí.

Finalmente, en los dos bordes del tablero, dos figuras miraban divertidas. Una era un joven que lucía un vestido recién remendado, pero que no había perdido su hermosura; el otro, por el contrario, era un viejo que parecía recuperar su vitalidad.

Y había otras figuras, por supuesto, como un niño joven y travieso que parecía indeciso o un hombre cansado que observaba desde lejos con la mirada perdida del que sabe que su tiempo paso. Pero la más importante era una en la que nadie recayó, un pequeño roedor excesivamente cercano al oso que poco a poco fue royendo el bastón de la mujer orgullosa, hasta hacerla caer.

Esto hizo que el joven y el oso, cercanos, cayeran también causando una onda expansiva que hizo caer a la joven y al niño que comía chocolate, desequilibrando al gran hombre coronado, que cayó lentamente en el maremágnum. Tanta conmoción, como no, empujo a las piezas menores, que cayeron haciendo estallar el vidrio en mil pedazos.

Solo las piezas alejadas del centro sobrevivieron. Dejando al joven remendado y al viejo vigoroso frente a frente.


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