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martes, 12 de enero de 2016

Mandar a la mierda a Hitler


Cuando se piensa en la Alemania Nazi hay una idea que está muy extendida y no acaba de ser correcta. Más de uno cree que por algún motivo no muy bien explicado los más de 66 millones de alemanes (que serían 87 antes de la guerra, al sumar a Austria, Bohemia y Moravia) se volvieron locos de remate y, entre 1933 y 1945, decidieron atacar a toda Europa y de paso llevarse por delante a cualquiera que no estuviera dentro de sus cánones raciales. Es como si Hitler y el Nacional Socialismo hubiera convertido a toda la población alemana en barbaros beligerantes y genocidas. Esto, obviamente, es absurdo. Por ejemplo, en las últimas elecciones libres, en marzo de 1933, el NSDAP obtuvo solo 17 millones de votos.

Es más, desde antes de que las propias democracias occidentales decidieran en 1939 que ya había llegado el momento de pararle los pies a Hitler, después de regalarle por el camino a Austria y Checoeslovaquia como ofrenda cual dios azteca, había alemanes que ya habían pagado con su vida haberse opuesto al dictador. No es la primera vez que hablamos de ellos en este blog, gente con las ideas claras y el valor y la valentía para hacer ver que no compartían la injusticia que ocurría en su país. Los primeros en sufrir cárcel, exilio o muerte, fueron los izquierdistas (11 millones de votos en las elecciones de 1933 entre comunistas y socialistas) pero no serían los últimos. Gente de centro e incluso derechistas los acompañarían pasado el tiempo, cuando comprobaron su deriva dictatorial.

De uno de estos derechistas rebeldes vamos a hablar hoy. De un hombre que tuvo el valor de decirle a un Hitler que trataba de congraciarse con él que se podía ir a la mierda, y no contento con eso tuvo la capacidad para esquivar la cárcel o la muerte gracias a la ascendencia que tenía sobre el pueblo alemán. Hablamos de un militar condecorado, de un héroe de guerra, de un hombre que repudiaba a Hitler y que le dijo a la cara lo que opinaba de él y de lo que estaba haciendo en Alemania. Hablamos de Paul Emil Von Lettow-Vorbeck.
                                                                                                                         
La pregunta obvia es. ¿Qué hizo Lettow-Vorbeck como para poder permitirse tal desaire al dictador? Para saberlo vamos a hacer un viaje atrás en el tiempo y en el espacio. Concretamente hacia la colonia del África Oriental Alemana de 1914. Este territorio había sido conseguido por los alemanes en 1880, tras el Tratado de Berlín (Donde las potencias europeas se repartieron África) y estaba situada bajo el Cuerno de África, en las actuales Tanzania (sin Zanzíbar), Burundi y Ruanda. En 1914 la colonia era la más prospera de todas las del continente y los indígenas, tratados con cuidado y respeto, tenian un gran apego a su metrópoli, lo que sería importante en lo narrado a continuación.

En 1914 el mando de las Fuerzas de Protección de la colonia (las Schutztruppe)  recaía en Paul Emil Von Lettow-Vorbeck, descendiente de militares prusianos (su padre había combatido en la Guerra Franco-Prusiana) y con gran experiencia en conflictos coloniales, ya que había estado en la Guerra de los Boxers contra China y en las distintas colonias con las que contaba su país en África. Gracias a esto había aprendido muchísimo sobre los nativos y entre sus habilidades, por ejemplo, estaba la capacidad para hablar suajili, la lengua de los habitantes de la colonia. Bajo su mando tenía alrededor de 260 oficiales europeos y 4000 soldados nativos, llamados askaris (soldado en suajili), pobremente armados (la mayoría de su armamento era de la Guerra Franco-Prusiana, cuarenta años atrás) y con problemas de logística y suministros.

Cuando empezó la Gran Guerra en Agosto de 1914 Lettow era consciente de que con las pocas tropas que tenía bajo su mando mantener la colonia iba a ser una tarea prácticamente imposible, ya que estaba rodeada por completo de enemigos, concretamente británicos, belgas y, cuando se unieron a la guerra, portugueses. Sobre el papel las colonias debían ser neutrales en caso de conflicto en Europa, pero ninguno de los contendientes hizo caso a aquello y poco a poco las colonias alemanas fueron cayendo en poder de los aliados. Esto hizo que los alemanes, ya resignados a perder sus posesiones ultramarinas, dieran orden a sus fuerzas en ellas (incluidas las flotas, que pasarían a ser corsarias) de retrasar y distraer el máximo posible de fuerzas enemigas para que no pudieran combatir en Europa, misión que Lettow cumpliría a la perfección.

Para retrasar el máximo posible los ataques británicos Lettow decidió empezar a desgastar a sus enemigos atacando las comunicaciones en sus propias colonias, destruyendo vías de tren y atacando convoyes de suministros. Con esto empezó a entrenar a sus askaris, de paso aprovecho para hacerse con pertrechos y municiones, de las que estaba escaso. Estos ataques obligaron a los británicos a atacar la colonia en noviembre de 1914 con sus propias tropas coloniales, provenientes de la India. Pese a la superioridad numérica, 8.000 hombres frente a poco más de 1.000, Lettow les derroto en la Batalla de Tanga, perdiendo menos de cien hombres y ganando, además, gran cantidad de pertrechos, lo que le permitió dotar a sus fuerzas de armamento moderno. Con esta victoria, además, logró evitar la toma rápida y fácil de la colonia, consiguiendo su objetivo de alargar la guerra lo máximo posible.



Con ese objetivo en mente siguió defendiendo la frontera norte, llegando incluso a invadir la África Del Este Británica. El contraataque inglés recuperó con rapidez el terreno e incluso llegó a invadir una parte de la colonia alemana, pero Lettow consiguió expulsarles de nuevo en la Batalla de Jassin, pero con muchas mayores pérdidas, algunas de ellas irremplazables como 27 oficiales alemanes. Estas pérdidas le convencieron de la necesidad de pasar a la guerra de guerrillas y dejar los ataques tradicionales para cuando tuviera superioridad. Con eso en mente se dedicó a reclutar más hombres entre los nativos y los colonos alemanes, llegando a reunir un ejército de 12.000 askaris y 3.000 alemanes a finales de 1915. Armados gracias al armamento capturado a sus rivales y con la artillería que había podido rescatar del buque corsario alemán “Koenisberg” antes de ser hundido por los ingleses en las costas de la colonia, Lettow se dispuso a complicar la vida a las tropas coloniales aliadas.

Los ataques guerrilleros a las comunicaciones inglesas y las molestias que ello suponía para el esfuerzo de guerra británico siguieron hasta que en 1916 los aliados decidieron conquistar de una vez por todas la colonia. Para ello reunieron a 45.000 hombres bajo el mando del General Sudafricano Jan Smuts en el norte, esto unido al apoyo belga y portugués en las otras fronteras llevó a Lettow a dejar de defender el territorio y limitarse a mantener en movimiento a sus tropas para poder seguir atrayendo enemigos. En septiembre de 1916 solo mantenía bajo su control un pequeño pedazo del sur de la colonia, pero sus rivales no estaban mucho mejor, sus ataques guerrilleros y las enfermedades tropicales habían diezmado a los invasores, que no pudieron continuar su ofensiva.

En 1917, pese a todo, su posición era desesperada y aunque había conseguido rechazar los intentos ingleses de conquistar sus bases su incapacidad para reponer sus bajas era un grave problema al que había que sumar su falta de suministros. Esto hizo que en Noviembre de 1917 para evitar ser capturado por los ingleses cruzara a la colonia portuguesa de Mozambique, en el sur. Las novatas tropas coloniales portuguesas, cogidas completamente por sorpresa, fueron superadas por los veteranos askaris de Lettow que capturaron depósitos de víveres y municiones, e incluso un barco hospital, recibiendo los suministros que tanto necesitaban. Tanto fue el éxito de la invasión de Mozambique que en Septiembre de 1918, con la guerra casi acabada en Europa, Lettow fue capaz de amenazar la capital de la colonia. Los esfuerzos de sus rivales para defender la ciudad le dejaron vía libre para regresar al norte, a la África Oriental Alemana, donde incluso llego a atacar la vecina Rhodesia Británica, donde derroto a los ingleses el 13 de Noviembre de 1918, un día antes del final de la guerra.

La rendición alemana le sorprendió en esta colonia, por lo que las noticias no le llegaron hasta el 25 de Noviembre, donde por fin, sin un país por el que luchar, Paul Emil Von Lettow-Vorbeck se rindió a Jan Smuts cuando contaba con un ejército que no llegaba a los 5.000 hombres. Lettow y los alemanes de su ejército volvieron a su país, quedándose los askaris en la colonia, ya bajo control inglés. A su regreso fueron recompensados con un desfile por el centro de Berlín, ya que fueron los únicos soldados alemanes que no habían sido derrotados durante la Primera Guerra Mundial, seria de las pocas consideraciones que recibiría por parte de los alemanes.



La posguerra fue dura para Lettow-Vorbeck, que veía como su país se asfixiaba bajo el Tratado de Versalles. De talante conservador y monárquico participó en la represión de los levantamientos comunistas de 1919, siendo esta su única mancha en el historial, llamando la atención del creciente NSDAP de Adolf Hitler, que tratara de atraerlo a sus filas, pero Lettow se negara a ello y se unió al DNVP, el gran partido conservador de la República de Weimar. Esto le permitirá llegar al Reichstag, donde desde 1928  hasta 1930 trató de detener el ascenso nazi desde el parlamento. Durante este tiempo, también, fundó una empresa de importación y exportación en Bremen, lo que le permitirá mantener el contacto con los británicos, sobre todo con Jan Smuts, con el que trabara una fuerte amistad.

Ya con Hitler en el poder Lettow se apartó de la vida política y siguió dedicado a sus negocios, aunque con la amenaza nazi sobre él, lo que llevo a que en más de una ocasión la policía registrara sus posesiones. Pese a todo Hitler poco podía hacer contra él ya que era considerado un héroe por gran parte de la población, por lo que en un último intento por atraerlo le ofreció en 1938 el cargo de Embajador en Gran Bretaña. Hitler confiaba en que el respeto que los británicos le tenían a Lettow le permitiría seguir apaciguándoles, pero el viejo general se negó a ello y literalmente lo mando a la mierda. Este fue el fin de su vida pública.

Incapaz de acabar con su vida como haría con muchos otros debido a su popularidad Hitler se limitó a ignorarlo, por lo que la Segunda Guerra Mundial fue para Lettow una época muy dura, recluido prácticamente en su casa de Bremen y sobreviviendo gracias a la ayuda que Jan Smuts, y tantos otros oficiales británicos, le ofrecían gracias a los contactos conseguidos con su empresa de exportación. A ello hay que sumar la destrucción de su casa y la muerte de dos de sus hijos en el frente.

Finalizada la Segunda Guerra Mundial e invitado por su amigo Smuts, convertido en Presidente de Sudáfrica, visitará de nuevo África, reuniéndose incluso con sus viejos askaris. Los problemas de sus viejos soldados y la muerte de Smuts en 1950 le afectarán profundamente, y pasara el resto de su vida tratando de conseguir una pensión del Gobierno Alemán para sus antiguos soldados. Solo tras su muerte, en 1964, la RDA decidirá reconocer a los askaris, pagando una pequeña pensión a todos los combatientes que siguieran vivos y pudieran demostrar que habían luchado junto a Lettow.

Esto nos dejará la última anécdota de la historia. Cuando en los sesenta los funcionarios alemanes volvieron a sus viejas colonias para ofrecer pensiones a los soldados supervivientes. El paso del tiempo había hecho que la gran mayoría de los soldados hubiera perdido su documentación, por lo que para demostrar su historia llevaron botones, balas o viejos uniformes… Finalmente se optó por un método mejor, se les ofreció un bastón y se les dieron órdenes en alemán, idioma con el que habían sido instruidos, para que demostraran  que realmente habían combatido en el ejército.  Todos los que se presentaron fueron capaces de representar las ordenes, tal era el prestigio que tenía Lettow en aquel territorio que nadie trato de obtener una pensión que no merecía.

lunes, 23 de noviembre de 2015

Curiosidades Históricas - La Carga contra los Panzer


Si algo tiene la Segunda Guerra Mundial son curiosidades, mitos y leyendas. Que medio mundo se dedique a matar al otro medio es lo que tiene, que permite grandes actos extraños, alguno de los cuales ya han sido comentados aquí. Uno de estos mitos, seguramente el primero si hablamos a nivel cronológico, es la Carga de la Caballería Polaca, heredera de los míticos Húsares Alados, contra los tanques alemanes que invadían Polonia en Septiembre de 1939. La historia gano rápidamente fama ya que era una demostración del honor polaco, de la capacidad de su mítica caballería, del deber patriótico… Y por desgracia falsa. Sí. Como lo leéis. Completamente falsa. Eso no ha evitado que muchos historiadores la den por real. ¿El motivo? Pega bastante con el carácter polaco, como veréis a continuación.

Polonia es un país antiguo, que remonta sus raíces al viejo Ducado de Polonia, creado en el año 962 por el Duque Misceslao I, que fue el primero en convertirse al cristianismo. Situado entre germanos y eslavos el Ducado se fortalecería y crecería durante la Edad Media, alcanzando el rango de Reino en el S. XIII. Este crecimiento se afianzaría en el año 1385 cuando el dirigente de la última gran potencia pagana de Europa, el Gran Duque de Lituania Vladislav II, se casaba con la Reina de Polonia y unía ambos reinos en la Unión de Krewo. Esta unión, en un principio meramente personal, con un Rey que reinaba en ambos reinos por separado, se convirtió en una unión completa en 1569, cuando tras la muerte sin herederos del rey anterior los nobles polaco-lituanos decidieron unirse formando un solo estado por la Unión de Lublin.

A partir de la Unión de Lublin podemos hablar de un nuevo estado, la Mancomunidad Polaco-Lituana, una monarquía electiva donde los nobles de ambas naciones, reunidos en el Sejm decidían no solo a su rey, sino las leyes fundamentales del país. Es considerado por muchos el primer ejemplo de monarquía parlamentaria en Europa. Verdad era que solo la nobleza tenía derecho de voto, pero eso suponía un 10% de la población, cantidad mucho mayor que en otros estados europeos incluso en tiempos posteriores (solo el 3% de la población tenía derecho a voto en Gran Bretaña en 1867).


Esta Mancomunidad Polaco-Lituana se convirtió en una de las grandes potencias de Europa en ese momento; con un territorio que iba desde el Báltico hasta prácticamente el Mar Negro, como se ve en el mapa superior, con grandes ciudades como Cracovia, Varsovia o Vilna. Esto le permitió vivir una Época Dorada durante casi un siglo, pero su situación entre grandes potencias como Rusia, Suecia, el Sacro Imperio Romano o el Imperio Otomano acabo por perjudicarle, debido sobre todo a su falta de estabilidad interna causada por su forma de gobierno. El final de esta época llegó en 1655, con el conocido como el “Diluvio”.

El “Diluvio” es una época de la historia Polaco-Lituana que está relacionada con las llamadas Guerras del Norte, que enfrentaron a Rusia, Suecia y Polonia-Lituania  y a sus distintos aliados por el control de la costa del Báltico. Estas guerras desgastaron en exceso a la Mancomunidad que no pudo hacer nada para detener la invasión sueca en 1655, produciéndose un “diluvio” de tropas suecas. A esto se unió el cambio de bando de algunos nobles, lo que llevó a la pérdida de un cuarto de la población del país y al destrozo de su economía y sus infraestructuras. Esto además llevó a la independencia del Ducado de Prusia, que se uniría a Brandeburgo, creando problemas mayores en el futuro.

Este momento marcaría el principio de la decadencia del país y curiosamente el inicio de sus grandes hazañas bélicas, poco provechosas para el país pero que generaron un prestigio y una fama enorme a los combatientes polacos. El primero de estos combatientes fue Jan Sobieski, noble polaco que combatió a los Suecos durante el “Diluvio” y que gracias a su capacidad se convirtió en hombre de confianza del rey Jan II Casimiro. Sus victorias contra cosacos, turcos y distintos nobles rebeldes devolvieron la confianza y el prestigio al ejército polaco-lituano, este prestigio también le ayudó en sus ambiciones, ya que en 1674, tras la muerte de Miguel I, sucesor de Jan II Casimiro, fue elegido rey por el Sejm, convirtiéndose en Jan III Sobieski.

Jan III Sobieski
El inicio de su reinado se vio marcado por una nueva guerra contra los turcos, en la que salió victorioso, y en 1676 por fin, tras casi 30 años de guerras continuas, la Mancomunidad Polaco-Lituana conoció la paz. Jan III Sobieski, casado con una francesa, se acercó durante este periodo de paz a Luis XIV de Francia. El soberano francés le influenció  en muchas de sus decisiones y esto permitió que su corte se convirtiera en refugio de artistas, escritores y poetas, gracias a su mecenazgo, pero también generó en él ambiciones absolutistas, creándole problemas con la nobleza y el Sejm, con el que viviría en constante lucha.

En mitad de esta lucha llegó la primera gran hazaña realizada por un ejército polaco sin mucho sentido pero con mucho valor. En 1683, el Emperador Leopoldo I de Habsburgo mandaba a la cristiandad un llamado de auxilio, ya que un Ejército Otomano estaba avanzando, imparable, hacia Viena, ya que con el emperador refugiado en Linz y con la defensa en manos de 16.000 hombres la ciudad parecía perdida. El Rey de Polonia-Lituania decidió responder al llamado y en un ambiente de franca rebelión, Sobieski convocó al Sejm para pedirles un esfuerzo. Esto enfureció a algunos nobles, que ya estaban cansados de las políticas de Sobieski y creían que nada se le había perdido a Polonia en Austria (A ello hay que sumarle que Francia, deseosa de debilitar a Austria, había sobornado a algunos de ellos) Sobieski, cansado de esperar y harto de su nobleza marchó hacia Viena con un pequeño ejército que había reclutado el mismo dejando atrás el terreno abonado para la rebelión e indefenso ante cualquier ataque desde Hungría (aliados de los Otomanos).

Esta expedición se unió al ejército reclutado por los Habsburgo en el Sacro Imperio y que reunía tropas de pequeños estados como Sajonia, Baviera, Suabia, Franconia… dirigidos por Carlos de Lorena, Generalísimo de los Ejércitos Imperiales. Ambos llegaron a Viena y levantaron el asedio derrotando en poco más de media hora al Gran Visir Kara Mustafa en la batalla de Kahlenberg, donde los Húsares Alados Polacos, la elite de la caballería pesada, orgullo de su país, tuvieron un gran protagonismo liderando la carga final bajo el mando de su rey. Jan III Sobieski, orgulloso, escribió una misiva al Papa Inocencio XI anunciándole la victoria parafraseando a Julio Cesar: "Vinimos, vimos y Dios venció". Esta victoria, y muchas otras hazañas inútiles que se producirían después, llevarían al escritor polaco del S. XX Boy-Żeleński a afirmar que “Los húsares polacos siempre se lanzan a la carga hacia cualquier punto donde no se les ha perdido nada.”

Los Húsares Alados Polacos
Esta victoria, que lo consagró como uno de los grandes militares de su tiempo, fue fatal para su país, que no solo tuvo que sufrir una invasión húngara prácticamente indefenso, sino que se vio salpicado por multitud de rebeliones y de luchas internas; lo que provocaría su decadencia final. El S. XVIII fue de constantes problemas para la Mancomunidad, que poco a poco fue cayendo bajo la influencia de sus tres poderosos vecinos, el Sacro Imperio, representado en los Habsburgo, el Reino de Prusia y Rusia. Aunque entre 1788 y 1792 hubo grandes intentos de reforma, como la creación de la que sería la primera constitución redactada en Europa en 1791, nada pudo evitar la llamada “Repartición de Polonia” entre Rusia, Prusia y Austria en 1795.

Estos problemas internos y la posterior repartición llevaron a distintos polacos al exilio, ya fuera por cuestiones políticas o meramente por hambre. Por ejemplo dos de los exiliados políticos fueron Kazimierz Pułaski y Tadeusz Kościuszko, que se vieron obligados a exiliarse tras liderar distintos levantamientos contra la influencia rusa y terminaron, como los Húsares Alados de Sobieski, en un lugar donde no se les había perdido nada, América del Norte. Ambos colaboraron como generales en la Independencia Americana mientras su país era desmembrado; muriendo incluso Pułaski en la Batalla de Savanah.


A partir de aquí Polonia desapareció de la historia durante casi dos siglos pero no lo hicieron los polacos, que siguieron combatiendo en guerras en las cuales no se les había perdido nada por honor o esperando simplemente ayuda para recuperar su país. Unos de los que tuvieron éxito fueron los polacos de las famosas Brigadas Polacas de Napoleón, creadas con exiliados tras las particiones y que acabarían creando el Gran Ducado de Varsovia en 1807, pero que desaparecería, absorbido por el Imperio Ruso, tras el Congreso de Viena. Pero no fueron los únicos, regimientos de polacos lucharon en distintas guerras del S. XIX, como la de Unificación de Italia o en la Franco-Prusiana, siempre de la mano de sus amigos franceses. El éxito llegaría más de un siglo más tarde, en la Primera Guerra Mundial.

Durante la Gran Guerra los polacos se vieron obligados a combatir en ambos bandos en el Frente Oriental, sobre todo en las filas de Austro-Húngaros y Rusos (la población polaca que quedaba bajo control alemán era más bien poca), pero también fue posible verles, como no, junto a los franceses en el Frente Occidental. Más de 100.000 polacos (la mayoría emigrantes que habían salido de Polonia por el hambre tiempo atrás) se alistaron en la Legión Extranjera, de nuevo lanzándose a la carga en sitios donde más bien pintaban poco. Este esfuerzo, por suerte, sí que tuvo recompensa, y gran parte de estos combatientes pudieron volver a su país tras la guerra, ya que volvía a ser independiente.

¿Y que se encontraron al regresar? Más guerra. Convencidos por las potencias aliadas para que atacaran la Revolución Bolchevique se vieron inmersos en la Guerra Ruso-Soviética entre 1919 y 1920 y que cerca estuvo de dejarlos, de nuevo, sin país. Abandonados a su suerte por sus aliados, algo a lo cual los polacos ya estaban acostumbrados, consiguieron salvar los muebles en la Batalla de Varsovia y mantener su soberanía intacta. Esto dejó a los polacos con un país independiente, pero de nuevo bajo la amenaza de dos grandes potencias, Alemania y Rusia, y además con fronteras difícilmente defendibles, como el corredor polaco entre Alemania y Prusia Oriental.


Tras el periodo de entreguerras llegamos a la Segunda Guerra Mundial y al momento de nuestra anécdota actual. Un breve repaso a la historia polaca nos muestra porque el mito de la “Carga contra los Panzers” es fácilmente creíble; y es que esas muestras de valentía sin sentido ni beneficio formaban parte de la idiosincrasia polaca. En realidad el mito fue creado por unos reporteros de guerra italianos sobre una base real, como veremos a continuación. La tarde del 1 de Septiembre, primer día de la guerra, los alemanes avanzaron por el corredor polaco tratando de unir su territorio. Con el Ejército Alemán avanzando imparable los polacos, abandonados por sus aliados de nuevo, trataron de retirarse en orden, dejando para cubrir la retirada al  18º Regimiento de Caballería. Estos lanceros trataron de retrasar el avance alemán atacando sus flancos y curiosamente lograron varios éxitos, matando a varios alemanes y desorganizando las formaciones. Pero finalmente un error les hizo encontrarse con unas pequeñas tanquetas ametralladoras alemanas, que abrieron fuego haciendo una carnicería entre la caballería. Cuando al día siguiente los reporteros vieron los cadáveres los alemanes les afirmaron que habían sido derrotados mientras cargaban contra las tropas acorazadas. Los polacos, encantados con el mito, lo hicieron suyo, igual que los alemanes, que lo usaron para mostrar a los polacos como un pueblo atrasado.

Para no romper la tradición los polacos, durante la Segunda Guerra Mundial, siguieron combatiendo en lugares donde no se les había perdido nada, y tras huir de su país retirándose de dos ejércitos (Del alemán y el soviético, que se unió a la fiesta) se retiraron a Rumanía y Hungría, donde llegaron armados y en perfecto orden. Estos países les desarmaron pero les permitieron abandonar el país y marcharse a Francia y Reino Unido, donde seguirían combatiendo por todo el mundo, llegando a formar una compañía, la 1ª División Acorazada Polaca que lucía como símbolo las alas de los húsares de Sobieski. Siguiendo con su sino estos hombres se encontraron al volver a su país tras la contienda con otra guerra civil, llegando incluso a verse obligados a unirse a los partisanos anticomunistas… Pero eso es otra historia.

miércoles, 7 de octubre de 2015

El judío que no jugó para Hitler



La relación entre la política y el deporte no es algo que haya inventado el FC Barcelona o Pep Guardiola, no, ni mucho menos. Esta es una relación que viene de muy lejos y que fue dominada con maestría por las grandes dictaduras totalitarias. ¿Quién no recuerda los mundiales de Italia en 1934 y 1938 o de Argentina en 1978? Pero curiosamente a quien peor le salió lo de usar el deporte como propaganda fue a Adolf Hitler, y no solo por las Olimpiadas de Berlin y Jesse Owens, como ahora veremos. Por supuesto, hubo otros casos, pero ya los veremos en otro momento.

Esta historia empieza antes, mucho antes, y además lejos de Alemania. En 1903 nacía en Jihlava, ciudad checa dentro del Imperio Austro-Húngaro, hijo de un empobrecido herrero judío, Matthias Sindelar. Perteneciente a dos minorías dentro del Imperio, checo y judío, y a la clase obrera, poco podía indicar que el pequeño Matthias acabaría convirtiéndose en el mito en el que se convirtió. ¿Cómo fue esto posible? Gracias al fútbol.

Sindelar, debido a la necesidad que tenía su padre de buscarse la vida, se trasladó a Viena siendo muy joven y residió, como muchos otros de los recién llegados a la capital imperial, en el barrio obrero de Favoriten. Y fue en sus calles donde creció y empezó a darle patadas a un balón mientras a su alrededor el Imperio Austro-Húngaro perdía una guerra que jamás debió iniciar y se convertía en un pequeño país llamado Austria. Y fue tal su habilidad con el balón que con 15 años, una vez finalizada la guerra se uniría a la escuela del Hertha de Viena. Pero sería en el Austria Viena, al que llegó en 1924 con 21 años, donde se convirtió en leyenda.



Y no pudo hacerlo de mejor manera, bien es verdad que el Austria de Viena era el mejor equipo del país, pero con Sindelar al mando se convirtió en un vendaval imparable. Tres copas de Austria (1924, 1925 y 1926) y una Liga Austriaca (1926) y dos subcampeonatos (1924, 1925) llegarían a las vitrinas del club en aquellos años. Luego el equipo decayó y aunque aún levanto tres Copas en 1933, 1935 y 1936 el dominio no fue absoluto. Pero es que en realidad su carrera en clubes nos interesa poco, lo importante lo hizo en la selección.

Austria se había visto, tras la Primera Guerra Mundial, relevada al ostracismo. Sí, siempre se ha dicho que el trato de paz con Alemania fue duro, pero en realidad quien pago los platos rotos fue Austria. Privado de cualquier territorio que no fuera germánico, privado de su dinastía gobernante desde hacía siglos y privado de cualquier opción para recuperarse el país pasó de ser una potencia europea a un país insignificante. Y es aquí donde Sindelar ofreció su mayor servicio a su país.

Y es que en un momento donde la moral de la población estaba por los suelos la selección de fútbol de Austria se encargó de dar a sus compatriotas un motivo por los cuales sentirse orgullosos. Y es que en 1934 la selección austriaca se plantó en las semifinales del Mundial de Italia para perder frente a la anfitriona y posterior campeona en un partido “parcializado a favor de los locales”. Pero eso no fue todo, sino que en 1938 llegó el gran momento de Sindelar.

En aquel entonces las tensiones entre Austria y Alemania no habían hecho más que aumentar e incluso el partido nazi austriaco había ido tomando paulatinamente el poder en el país hasta que el 12 de marzo de 1938 se produjo el “Anschluss”, es decir, la unión de Austria con Alemania. Esto, como no, también afecto al fútbol y los futbolistas austriacos, que eran de un gran nivel, pasaron a competir bajo la bandera alemana y para celebrarlo se disputó en Viena un partido final en el que se enfrentaron ambos países el 12 de Abril de 1938.



Este partido, programado como una fiesta nazi y de hermanamiento entre ambos partidos estaba preparado para ser una victoria alemana, y es que aunque el nivel austriaco era superior nadie esperaba que los austriacos compitieran por el partido. Y así fue durante la primera parte, con Sindelar y sus compañeros jugando correctamente pero sin llegar a agujerear las redes alemanas; fallando incluso a propósito según algunas crónicas. Y con empate a cero se llegó al descanso, pero nada más salir de la caseta ocurrió algo inesperado, Austria inaugura el marcador con gol de Karl Sesta llevando la locura a las gradas del Prater de Viena. Y este fue el detonante del final de la carrera de Sindelar.

Cansado de tener que fallar para evitar herir la sensibilidad alemana Sindelar, no sin razón llamado “El Mozart del Fútbol”, decidió dejar de fallar a propósito; por lo que en la primera ocasión que tuvo no dudo en fusilar al portero alemán y subir el 2-0 al marcador. Pero si esto ya era un problema lo que ocurrió después lo acabo de condenar; Sindelar celebró el gol y en vez de levantar el brazo ante Hitler y la plana mayor nazi optó por bailar frente a ellos entre los aplausos de sus compatriotas. Acababa de firmar su sentencia de muerte.


Como es obvio jamás volvió a vestir los colores de Austria y ni siquiera de la selección alemana, que aun trató de reclutarlo para el Mundial de 1938, sin éxito. Quizá de haber aceptado su historia hubiera cambiado, pero no contento con eso siguió combatiendo al nazismo. Cuando tras la Noche de los Cristales Rotos empezó la persecución de los judíos Sindelar, que tenía ascendencia judía, no abandonó a sus amigos hebreos sino que siguió manteniendo el contacto con ellos, protegiéndoles o dándoles empleo si lo necesitaban. Esto terminó por condenarle ante los invasores de su país. El dia 23 de Enero de 1939 Sindelar y su novia, Maria Castagnola, morían en su casa debido a una intoxicación por monóxido de carbono procedente de una estufa.

O como mínimo eso decía la versión oficial, pero como es obvio habían sido asesinados por la Gestapo. Curiosamente esta versión acabó siendo un error propagandístico nazi, que parecía no tener suerte cuando de atacar a Sindelar se trataba. Una muerte por asesinato, o por suicidio, privaba al muerto de un funeral de estado. Pero un accidente no lo hacía. En su último adiós Matthias Sindelar reunió en Viena a 40.000 personas, todos compatriotas henchidos de orgullo, y no precisamente por lo que “El Mozart del Fútbol” era capaz de hacer con un balón.

A principios del S. XXI Sindelar fue elegido por los austriacos como el “Mejor deportista austriaco del S. XX”, por delante de mitos como Hermann Maier (Medallista Olímpico de Esquí) o Nicki Lauda (tres veces campeón del mundo de F1). Y es que no todo son logros deportivos…


lunes, 28 de septiembre de 2015

El Abominable Espía de las Nieves



La de hoy va a ser corta, pero es una de las entradas que me gusta escribir en el blog ya que condensan en poco espacio algo curioso que ha ocurrido durante la historia y que creo que es importante compartir. No pasa de ser una anécdota, como veréis a continuación, pero una anécdota curiosa y graciosa.

En esta ocasión vamos a viajar a la Unión Soviética que empezaba su “Gran Guerra Patriótica”, concretamente a 1941. Mientras millones de soviéticos defendían su tierra de la invasión nazi la paranoia estalinista, que ya había descabezado por completo al Ejército Rojo, se había contagiado a gran parte del estado y en todos lados se buscaba con ahínco espías entre los habitantes de la URSS.

Pero uno de los sospechosos de espionaje era alguien especial, o al menos eso contaba el periódico soviético Trud en 1982; siendo esta la principal fuente de la que mama esta historia y de la cual se hizo eco el periódico El País aquí en España. Al parecer todo ocurrió en la región de Daguestán, territorio soviético, ahora ruso, que se encuentra en el Cáucaso, junto a Georgia y en la frontera con Turquía. Su situación geográfica, cercana a la frontera y muy desértica, y política, había sido territorio blanco durante la Guerra Civil Rusa y había habido movimientos separatistas, la hacían blanco del contraespionaje soviético. Y quizá en ese exceso de celo de la seguridad por parte de Moscú se encontraría la explicación a este fenómeno.

Imagen del Daguestán
En otoño de 1941, por tanto, en la región del Daguestán el contraespionaje soviético detuvo a un extraño ser que parecía ser el mítico Abominable Hombre de las Nieves. Los soldados, sorprendidos por su hallazgo, hicieron que el Teniente Coronel Karapetian, médico militar, examinará al detenido y les ofreciera un veredicto. Su opinión como médico, que nos ha llegado gracias al informe que redactó, es la siguiente: "Sin duda era un hombre, porque todas las partes de su cuerpo eran humanas, pero el pecho, la espalda y los hombros estaban cubiertos por un intenso pelo de color castaño. Era muy grande, con hombros anchos y grandes músculos".
                    
Sin embargo, en su opinión profesional, el ser recién encontrado, pese a ser humano, no podía ser un espía ni estar dedicado al sabotaje ya que su mirada era inexpresiva y tenía gestos más semejantes a un animal que a una persona. A ello hay que sumarle que durante todo su cautiverio, de alrededor de dos semanas, ni comió ni bebió, sudando además en exceso. Tanto es así que finalmente fue puesto en libertad, al no ser considerado un espía, algo que remarca el Teniente Coronel Karapetian en su informe: “No sé qué ser vivo cayó en nuestras manos. Lo dejamos en libertad y el hombre salvaje regresó a las montañas".

Por supuesto, esta historia, pese a ser real y estar documentada, no nos permite afirmar que a quien los soviéticos detuvieron fue al Yeti. Es más, hasta hay otras versiones que narran que finalmente el pobre detenido acabó siendo fusilado, aunque Karapetian no haga referencia a ello. En realidad, historias de gente extraña que había estado viviendo apartada de la sociedad en Rusia han existido siempre, incluso se encontró, en 1978, a una familia, los Likov, que había sobrevivido casi 40 años sin tener contacto con la sociedad, soportando incluso inviernos con temperaturas de -50ºC.

Además, la historia del Yeti no era algo ajeno a la sociedad soviética, siempre interesada en cuestiones extrañas y mitología, incluso durante la década de los cincuenta la Academia de Ciencias hizo una investigación al respecto. Por tanto podemos considerar que simplemente fue un hombre salvaje a quien encontraron los policías soviéticos en Daguestán. O en realidad fue el Yeti y lo dejaron escapar. Quién sabe.

viernes, 7 de agosto de 2015

Clark Gable, aviones y un billete


Si algo suele ocurrir cuando tienes un blog como este es que distintos amigos te suelen comentar curiosidades que ha descubierto para que las cuentes en tu blog, es algo que me ha pasado más de una vez y una parte de las historias que cuento vienen de cosas que he oído. Lo que viene a continuación es un ejemplo perfecto de esto. Esta historia viene vía @SerphKun, un buen amigo que la vio en uno de los múltiples programas de empeños que ahora llenan la televisión.

Esta entrada trata sobre Clark Gable, quizá uno de los primeros galanes del cine, aunque en este caso no vamos a hablar de su faceta como actor, sino de su faceta como soldado. Porque Gable, aunque no le correspondía por edad, combatió en la Segunda Guerra Mundial. Y digo combatió, no como otras celebridades como Elvis, que se alistó en la Guerra de Vietnam por pura propaganda, no, Clark Gable estuvo en el frente y disparo un arma durante la Segunda Guerra Mundial.
Cartel del film "Combat America"

Gable, cuando se alistó en 1942, contaba ya con 41 años y un renombre importante en el cine, con películas como “Sucedió una noche” (1934) que le valió un Oscar al mejor actor, o “Lo que el viento se llevo” (1939). Por tanto los motivos de su entrada en el ejército, que en aquel momento seguía siendo voluntaria (no seria obligatorio en EEUU hasta la Guerra de Vietnam, donde su impopularidad y las derrotas obligaron a realizar levas), hay que buscarlos en otro lugar. Este lugar es la muerte de su tercera esposa, Carole Lombard, en 1942 en un accidente aéreo.

Curiosamente Gable se enroló en la fuerza aérea, quizá como homenaje a su mujer, y llegó a Inglaterra en 1943, tras cumplir su formación como Teniente para participar en los bombardeos que los aliados lanzaron sobre la Francia ocupada. Combatió en el “351st Bomb Group” en Polebrook, a bordo de un B-17 y participó en distintas misiones sobre suelo francés. Obviamente también aprovechó el tiempo para filmar la película de propaganda aliada llamada “Combat America”.

Y antes de terminar con esto un par de curiosidades. Por un lado destacar que la historia la conozco porque una mujer fue a vender a la casa de empeños un “Short Snorter” firmado por Gable. Esto es, en resumidas cuentas, un billete de dólar que era firmado por todos los miembros de una compañía (o de una escuadrilla en este caso) antes de entrar en combate como un amuleto. El nombre viene, obviamente, de una bebida, un pequeño chupito que se tomaba tras firmar el billete.

El "Short Snorter" de Clark Gable
Y para finalizar un pequeño apunte, no completamente probado, pero bueno, que es una curiosidad que hay que destacar. Se cuenta que cuando Hitler descubrió la entrada de Gable en la guerra ofreció una gran recompensa para cualquier soldado alemán que lograra capturarlo con vida, ya que era un fan del actor. Esto, como he dicho, no esta probado, pero es algo que me gusta comentar.

domingo, 29 de marzo de 2015

Vivir adelantado



Antes de nada quiero dedicar esta entrada a @OlgaBallester92, a quien le conté la historia hace un tiempo y me dijo que la usara en el blog, pero he esperado hasta el momento oportuno. Y ese momento es hoy.

Hoy, a las dos de la madrugada, los españoles que estábamos despiertos hemos adelantado los relojes una hora, hasta las tres. Gesto que han imitado el resto de nuestros compatriotas cuando se han levantado esta mañana, o incluso ayer antes de acostarse. Con esto se logra, según nos dicen, aumentar las horas de sol y con ella la eficiencia energética; aunque mucha gente está en contra de ello y lo ve una locura y un problema. Y es que a pesar de que gran parte del mundo occidental sigue esta regla en España es un problema grave. ¿Por qué? Muy sencillo.

Diga lo que diga el reloj el ser humano está adaptado al horario solar y para ello hemos dividido el tiempo en husos horarios, para tratar que nuestras horas, una creación humana, estén lo más cercanas a lo que nos marca el astro rey. Pero cuando nos empeñamos en ir contra esta verdad surgen los problemas. ¿Nunca se han preguntado porque en España comemos a horas extrañas si nos comparamos con cualquier otro país? Sigan leyendo. Que se lo explico enseguida.

Como explicaba anteriormente el sistema de husos horarios no solo ha hace que cada comunidad humana sepa perfectamente que hora es en otro lugar, sino que le ha permitido, además, vivir adaptada al ritmo que marca el sol. Pero esto en España no se llega a cumplir del todo, es por ello que comemos a las 14h o cenamos a las 21h cuando en Europa, y en resto del mundo, es común hacerlo una hora antes. Y es que vivimos de espaldas al sistema de husos horarios desde hace más de 70 años.

Sobre el papel, España debería vivir en el huso horario de UTC 0, el mismo en el que vive el Reino Unido, y es que el Meridiano de Greenwich, punto desde el cual se toman los husos horarios, pasa por ejemplo sobre Castellón, Altea o Denia. Con esto quiero decir que España entera debería vivir una hora antes, en el mismo huso que Portugal o las Islas Canarias. Es decir, la famosa frase, “Una hora menos en Canarias” debería desaparecer ya que todos deberíamos estar sincronizados con las islas.

La duda es, ¿Por qué vamos al contrario del sol y los tratados internacionales? Por una cuestión política. Si, sueña extraño, pero es verdad. Curiosamente hasta 1942 este país siguió las normas comunes y estuvo en el huso horario que le correspondía; el mismo que el inglés. Y es que en Marzo de 1942, en plena Guerra Mundial, los ingleses eran el enemigo y ante las presiones del gobierno nazi, dirigido por Hitler, Franco decidió adelantar la hora y adaptarla al horario alemán, que está en un huso diferente. ¿Las reglas de la naturaleza? No eran importantes para aquel enano cabrón.

El problema no es que esto siguiera durante toda la dictadura, sino que con su final nadie hizo el intento de regresar al horario real, lo cual es una decisión muy extraña. Bueno, tampoco nadie se preocupó siquiera en encerrar a los asesinos de la dictadura o en desenterrar a los fusilados en cunetas, no sé de qué me extraño… Pero bueno, la cuestión es que este desfase no solo afecta a la hora de las comidas, sino al propio horario laboral (y esa bizarra manía de trabajar en horario partido), o a la facilidad para conciliar dicha vida con la familiar. Así que un primer paso para solucionar problemas endémicos en este país sería adaptarnos al UTC 0. No es cuestión de memoria histórica o manía, es simplemente cuestión de volver a la cordura que nos quitó el Franquismo.