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lunes, 7 de noviembre de 2016

La Revolución de Octubre que fue en Noviembre


Hoy, 7 de Noviembre, se cumplen 99 años de la Revolución de Octubre, el momento más importante de la historia del S. XX y es por ello que considero que es un buen motivo para volver al blog. ¿En Noviembre? Os preguntareis. Si, efectivamente, la Revolución Rusa de 1917 fue en Noviembre pese a llamarse “De Octubre”. ¿El motivo? Más abajo en el texto, antes me gustaría ponernos en antecedentes.

A principios de 1917 el Imperio Ruso se resquebrajaba por momentos, la Gran Guerra había desgastado el país hasta el límite y la autocracia de Nicolás II no encontraba la manera de poner solución a los problemas del país. Pese a su enorme tamaño Rusia era un país atrasado respecto al resto de los contendientes, un gigante con pies de barro al que el tímido reformismo dirigido por el Zar Alejandro II tras la Guerra de Crimea (1856) y el crecimiento industrial de finales de siglo no había logrado dotar de la base suficiente para resistir un embate así. Por poner un ejemplo Rusia no abolió la servidumbre, terminando con el régimen feudal, hasta 1861.

Curiosamente este mismo problema era algo que las elites rusas, y sobretodo sus zares, habían detectado desde mucho antes de la llegada de la guerra. Esto llevó a una época de reformismo donde se intentó modernizar el país, primero a nivel político, con Alejandro II y acciones como el fin de la servidumbre, la creación de jurados y magistrados libres o la introducción de instituciones representativas, sobre todo a nivel local. Curiosamente cuando iba a culminar su reforma y dotar al país de una Constitución el Zar fue asesinado en su camino al Ministerio del Interior, culminando con la abertura del país. Esto hizo que su hijo, Alejandro III, y tras él su nieto, Nicolás II, volvieron a la autocracia y a la creación de un estado policial que garantizara su seguridad, limitando las reformas a la explotación de los recursos del país, con una tímida industrialización o la construcción de infraestructuras como el Transiberiano.

Y todas estas reformas, si bien funcionaron y permitieron cierta modernización económica del país, solo alcanzaron a las altas capas de la sociedad, mientras que el pueblo seguía con las mimas condiciones que sus antepasados de hacia siglos. Con un 85% de población rural el campesinado ruso, aunque libre de la servidumbre, seguía siendo dependiente de los mismos terratenientes que antes. Eso sí, ahora contaba con la opción de marchar a la ciudad a ser un obrero más de las fábricas que habían empezado a surgir en el país, la gran mayoría en manos de capital extranjero, mayoritariamente francés. Si a ello le sumamos la represión realizada por la policía secreta, un surgimiento de intelectuales deseosos de cambiar su país y la creación de grupos con ideologías como el marxismo o el anarquismo tenemos el caldo de cultivo preparado para una revolución.

Como vemos podemos afirmar que la Rusia que se iba a enfrentar a la Gran Guerra era un país con problemas y que necesitaba de un gran líder, pero que por desgracia solo contaba con Nicolás II. Un hombre que había perdido a su abuelo asesinado y a su padre tras una enfermedad con solo 49, heredando un vasto imperio a la edad de 26 años y sin haber estado preparado para gobernarlo, como él mismo reconoció. Tímido, retraído y voluble, no hizo sino agravar los problemas de Rusia, que culminarían con la entrada en una Gran Guerra en 1914 para la que no estaba preparado, lo que provocaría una revolución que lo costaría el trono en 1917 y finalmente la vida en 1918.

A todos estos problemas hubo que sumar la guerra, obviamente, con sus desastres militares, sus muertes en el frente, sus problemas de abastecimiento y sus subidas de precios, lo que agotó la confianza de los rusos en Nicolás II. Finalmente un durísimo invierno y la carestía de pan y calefacción en Petrogrado llevaron a una serie de manifestaciones que harían abdicar al Zar, tras verse abandonado por las tropas, en febrero, creándose un Gobierno Provisional de carácter burgués que prometió la creación de una Asamblea Constituyente y la realización de elecciones libres, pero la ausencia de votantes, movilizados en el frente, aplazó sine die estas reformas. Además tomo la decisión de seguir con la guerra, lo que acabaría provocando su caída.

Paralelo a este gobierno provisional se formaron ante la caída de la clase dirigente diferentes comités de obreros, soldados y campesinos a lo largo de todo el país, los llamados sóviets. Estos comités representaban, frente a la continuidad del Gobierno Provisional, los anhelos del pueblo ruso. En su programa podíamos encontrar peticiones como la paz con las Potencias Centrales, la implantación del sufragio universal, la jornada laboral de ocho horas o la creación de una Republica Democrática. Esta dualidad de poderes fue minando poco a poco al Gobierno Provisional, al que la guerra terminó por dar la puntilla. El fracaso de la Ofensiva Kerenski (Presidente del Gobierno Provisional) en verano y la llegada de los alemanes a Riga en Septiembre, a poco más de 500 kilómetros de Petrogrado, terminaría con el poco crédito con el que contaba Kerenski. Eso y un ejército en descomposición, que abandonaba el frente y marchaba a la capital precipitarían las jornadas de Octubre.

Mientras esto ocurría el partido bolchevique, comandado por Lenin, que había vuelto del exilio en Abril gracias a un salvoconducto alemán, se había organizado y poco a poco había conseguido controlar el Sóviet de Petrogrado, el principal del país.  Esto le permitió tomar el poder del país en nombre de los sóviets la noche del 24 al 25 de Octubre sin excesivos problemas ya que el Gobierno Provisional no presentó resistencia en el Palacio de Invierno, que fue tomado al asalto con solo cinco muertos. Aquel momento, que ni siquiera afectó a la vida de la ciudad (los tranvías siguieron funcionando, los teatros también, las tiendas no cerraron…) cambiaría la historia del mundo para siempre. Al día siguiente se creaba un nuevo gobierno bolchevique que no solo firmaría la paz con las Potencias Centrales sino que convertiría a Rusia en una potencia mundial capaz de detener a la Alemania Nazi y ganar la Segunda Guerra Mundial. Lo que no logró el zarismo en 60 años lo hizo el socialismo en solo 20.

¿Por qué afirmó que este momento es el más importante del S. XX? Por algo tan sencillo de entender como que dicho siglo no se puede entender sin la presencia de la Unión Soviética, surgida de aquella revolución. La derrota del nazismo, la Guerra Fría, o cuestiones tan triviales como las grandes mejoras de las condiciones de trabajo vividas por los trabajadores de los países capitalistas no pueden entenderse sin la presencia de la URSS. El miedo a la expansión de la revolución comunista permitió a los trabajadores de todo el mundo librarse de las políticas liberalizadoras y pro-empresa que vivimos en la actualidad.

Y para terminar volvemos a la base del principio. En el texto que acabo de escribir hay dos erratas, concretamente a nivel de fechas, la Revolución de Febrero fue en Marzo y la de Octubre en Noviembre. Bueno, o no del todo, depende de cómo lo miremos. Para un ruso en 1917 ambos sucesos ocurrieron en la fecha que hemos contado, pero por otro lado desde el punto de vista alemán o francés lo hicieron en Marzo y Noviembre. Y es que en una maravillosa metáfora la Rusia Zarista vivía “atrasada” respecto al resto del continente, concretamente 13 días en 1917. El motivo no era otro que el calendario, mientras que desde 1582 la Europa Católica usó el calendario gregoriano, Rusia y otros países ortodoxos (incluso algunos protestantes, Gran Bretaña no lo uso hasta 1752) siguieron usando el Juliano. Esto lleva a curiosidades como que la Revolución de Octubre fuera un 7 de noviembre, es decir, hace 99 años. Y como era de esperar esto tambien fue cambiado por la revolución, tras el 14 de Febrero de 1918 llego, de nuevo, el 31 de Enero de 1918, equiparando a Rusia con el resto de Europa.

martes, 29 de marzo de 2016

Un pantalón genocida




Ayer, comentando el capítulo de Ministerio del Tiempo en Twitter (no hay spoilers, tranquilos), serie que os recomiendo profundamente, tuve una pequeña conversación sobre el “Rayadillo”, el uniforme de las tropas coloniales españoles que pudo verse en la serie. Este uniforme fue adoptado en 1868 y duró hasta el final de las colonias españolas de ultramar en 1898 y era un intento de adaptarse a la pólvora sin humo y buscar uniformes de baja visibilidad. El “Rayadillo”,  como su propio nombre indica, buscaba conseguir esto gracias a la superposición de rallas azules y blancas, lo que le daba de lejos un tono azulado que podía confundirse con el paisaje.

¿Y porque hablo de esto? Porque hoy vamos a hablar sobre uniformes de baja visibilidad y como las distintas naciones trataron de adaptarse a la pólvora sin humo y a la necesidad de confundirse con el paisaje para no convertir a sus soldados en dianas andantes. Los uniformes multicolores y coloridos típicos de las Guerras Napoleónicas habían ido quedándose anticuados durante el S. XIX debido al avance de la tecnología militar, que había aumentado el alcance útil de muchas armas y con ello la distancia a la que se combatía. Esto se sumaba a la aparición de la pólvora sin humo, que permitía que el campo de batalla no se viera envuelto en una neblina que ocultaba amigos y enemigos y convirtiendo la necesidad de confundirse con el terreno en algo importantísimo.

Las primeras pruebas llegaron en la Guerra de Secesión Norteamericana entre 1861 y 1865, donde el Ejercito Confederado empezó a vestir de gris, complicando con ello el tiro de los unionistas. Pese a la derrota sudista algunos tomaron nota de la importancia de disimular sus uniformes, entre ellos España, que estrenaría el “Rayadillo” solo tres años después. Curiosamente las grandes potencias europeas tardaron bastante más en adaptarse a los nuevos tiempos y solo Reino Unido, tras los problemas sufridos durante la Segunda Guerra Bóer (donde fueron cazados como conejos por los tiradores afrikáans, que pese a no usar uniformes sí que vestían de colores oscuros) adoptaron nuevos uniformes antes de la llegada del S. XX.

El Rayadillo en el Ministerio del Tiempo

Por poner un ejemplo cuando los estadounidenses desembarcaron en Cuba durante la Guerra de 1898 algunos españoles destacarían que su uniforme azul vivo los convertía en dianas perfectas, lo que explica el alto número de bajas que sufrieron frente a las mal suministradas fuerzas españolas pese a ser una guerra corta y victoriosa. Bueno, a este ratio de bajas también ayudo el maravilloso fusil Mauser (que también usarían los Bóers) y el combatir a la defensiva, pero la idea general es que ante la potencia de fuego moderna lo mejor era ser lo menos visible posible.

Por tanto podemos decir que a inicios del S. XX quien más y quien menos ya había visto la efectividad de los uniformes apagados para no ser cazados como conejos en caso de guerra. Pese a ello potencias como Alemania, Rusia o Austria-Hungría necesitarían aun la primera década del siglo para adoptar los uniformes y aun lo harían entre las protestas de muchos de sus líderes. Por ejemplo el Emperador Francisco Jose I consideraba el nuevo uniforme austrohúngaro vulgar, mientras que el encargado de explicarle al Kaiser Guillermo II las ventajas de los nuevos uniformes calificó la reunión con el monarca como desagradable.

Pero una de las potencias llegó tarde al cambio, hablamos, como no, de Francia. Y eso que curiosamente durante toda la época de la Paz Armada se mostraron abiertos a las mejoras tecnológicas y adaptaron todos los avances que pudieron a la guerra. Si señores, aunque suene extraño la Francia posterior a Napoleón hizo un buen trabajo en algún momento de su historia en el ámbito militar. La derrota en la Guerra Franco-Prusiana de 1870 les había despertado del letargo de autocomplacencia en el que vivían desde las Guerras Napoleónicas y había hecho que los 40 años anteriores a la Primera Guerra Mundial su ejército se convirtiera en una maquina casi perfecta.

Soixante-Quinze francés
Con una guerra frente a Alemania en el horizonte Francia era consciente de que estaba en inferioridad, sobre todo demográfica. No es solo que la población alemana fuera mayor, es que además crecía mientras la francesa se mantenía estancada. Crearon un estado mayor, aumentaron el servicio militar, prepararon una movilización perfecta… Y a ello le sumaron avances tecnológicos como su maravilloso cañón de 75mm, el Soixante-Quinze francés, el primer cañon de tiro rápido (no necesitaba ser reapuntado tras cada disparo) y que no solo sería básico durante la Gran Guerra sino que incluso llegaría a ser usado en la Guerra Civil Española casi 30 años después.


Entonces, ¿Qué ocurrió con los uniformes? Que simplemente llegaron tarde. Hasta antes de la Gran Guerra el Ejercito Francés usaba un uniforme muy característico, casaca azul, pantalón rojo y el quepis azul en la cabeza. Nada de baja visibilidad ni cascos de acero; todo muy elegante y napoleónico, además de patriótico. En el fondo el rojo y el azul, junto a correajes y otros detalles en blanco, eran los colores de Francia y se esperaba que el soldado francés, vestido con la tricolor, combatiera con mayor ahínco contra los enemigos de su patria. Y este, y no otro motivo, fue el que llevo a los franceses a entrar en la Gran Guerra como dianas andantes.

Y ojo, los motivos no fueron militares, sino mucho más prosaicos. Los teóricos militares hicieron bien su trabajo y tan pronto como en 1903 y al calor de la Segunda Guerra Bóer empezaron los experimentos para cambiar los uniformes y adaptarlos a la nueva manera de hacer la guerra. La primera prueba, como no, siguió la moda afrikáans y se llamó “tenue boër”, ya que incluso incluía un sombrero semejante al que usaban los combatientes sudafricanos. Pese a todo no gusto en el ejército e incluso uno de los oficiales de los regimientos con el nuevo uniforme llego a decir a sus hombres que aunque ahora tuvieran un uniforme “feo” seguían perteneciendo al ejército francés.

El "tenue boër"

Las pruebas continuaron y en 1911 ante la evidencia de la necesidad de un cambio se probó con el “tenue réséda” que pese a su color verde grisáceo y su capacidad para confundirse con el terreno no recibió sino críticas desde todos los ámbitos: fue pitado en un desfile, criticado por los conservadores por ser poco patriótico y por algunos militares por eliminar el rojo, que era lo que daba valor a la tropa. Incluso la prensa llegará a decir que es un uniforme de mozo de cuadra y acusa a los francmasones de crearlo para reducir el prestigio del ejército.

El "tenue réséda"

Así las cosas las discusiones llegarían hasta 1913 cuando con los conservadores en el poder el Ministro de Defensa Eugène Étienne llegara a decir en la Cámara de Diputados que “Supprimer le pantalon rouge? Non! Le pantalon rouge, c´est la France.” (¿Suprimir el pantalón rojo? ¡No! ¡El pantalón rojo es Francia!) Y con esto quedó cerrada la discusión hasta que al año siguiente, a las puertas de la guerra y con un nuevo Ministro de Defensa, Adolphe Messimy, se decidió por fin adoptar el “tenue bleu-horizon” como nuevo uniforme. ¿El problema? Que tantas discusiones hicieron que la decisión llegara tarde, por lo que no llegó a las tropas hasta 1915.
El "tenue bleu-horizon", por fin un uniforme decente

Así que durante los primeros meses de la guerra los franceses tuvieron que combatir con su patriótico y elegante pero poco práctico uniforme, convirtiéndose en dianas andantes para los tiradores alemanes. Ello, sumado a la táctica francesa que insistía en el ataque a ultranza (con oficiales a caballo y sable en mano) y a pecho descubierto contra ametralladoras, alambradas y tiradores, hizo que nada más durante la Guerra de Movimientos de 1914 los franceses perdieran algo menos de medio millón de hombres entre muertos y heridos.

Obviamente no todo fue culpa del uniforme, pero sí que muchos tiradores alemanes destacaron que la vistosidad de los franceses facilitaba la puntería y ayudaba a hacer blanco en ellos. Otros, como Edwin Rommel, añadirían al peligro del uniforme francés las cacerolas y enseres para hacer la comida que los soldados llevaban al cuello, levantando reflejos que facilitaban verles entre los campos de maíz. Pese a todo, podemos decir que con total seguridad el pantalón rojo del uniforme francés es una de las prendas de ropa que más muertos ha causado en la historia.
Todos ordenaditos para morir por Francia

martes, 12 de enero de 2016

Mandar a la mierda a Hitler


Cuando se piensa en la Alemania Nazi hay una idea que está muy extendida y no acaba de ser correcta. Más de uno cree que por algún motivo no muy bien explicado los más de 66 millones de alemanes (que serían 87 antes de la guerra, al sumar a Austria, Bohemia y Moravia) se volvieron locos de remate y, entre 1933 y 1945, decidieron atacar a toda Europa y de paso llevarse por delante a cualquiera que no estuviera dentro de sus cánones raciales. Es como si Hitler y el Nacional Socialismo hubiera convertido a toda la población alemana en barbaros beligerantes y genocidas. Esto, obviamente, es absurdo. Por ejemplo, en las últimas elecciones libres, en marzo de 1933, el NSDAP obtuvo solo 17 millones de votos.

Es más, desde antes de que las propias democracias occidentales decidieran en 1939 que ya había llegado el momento de pararle los pies a Hitler, después de regalarle por el camino a Austria y Checoeslovaquia como ofrenda cual dios azteca, había alemanes que ya habían pagado con su vida haberse opuesto al dictador. No es la primera vez que hablamos de ellos en este blog, gente con las ideas claras y el valor y la valentía para hacer ver que no compartían la injusticia que ocurría en su país. Los primeros en sufrir cárcel, exilio o muerte, fueron los izquierdistas (11 millones de votos en las elecciones de 1933 entre comunistas y socialistas) pero no serían los últimos. Gente de centro e incluso derechistas los acompañarían pasado el tiempo, cuando comprobaron su deriva dictatorial.

De uno de estos derechistas rebeldes vamos a hablar hoy. De un hombre que tuvo el valor de decirle a un Hitler que trataba de congraciarse con él que se podía ir a la mierda, y no contento con eso tuvo la capacidad para esquivar la cárcel o la muerte gracias a la ascendencia que tenía sobre el pueblo alemán. Hablamos de un militar condecorado, de un héroe de guerra, de un hombre que repudiaba a Hitler y que le dijo a la cara lo que opinaba de él y de lo que estaba haciendo en Alemania. Hablamos de Paul Emil Von Lettow-Vorbeck.
                                                                                                                         
La pregunta obvia es. ¿Qué hizo Lettow-Vorbeck como para poder permitirse tal desaire al dictador? Para saberlo vamos a hacer un viaje atrás en el tiempo y en el espacio. Concretamente hacia la colonia del África Oriental Alemana de 1914. Este territorio había sido conseguido por los alemanes en 1880, tras el Tratado de Berlín (Donde las potencias europeas se repartieron África) y estaba situada bajo el Cuerno de África, en las actuales Tanzania (sin Zanzíbar), Burundi y Ruanda. En 1914 la colonia era la más prospera de todas las del continente y los indígenas, tratados con cuidado y respeto, tenian un gran apego a su metrópoli, lo que sería importante en lo narrado a continuación.

En 1914 el mando de las Fuerzas de Protección de la colonia (las Schutztruppe)  recaía en Paul Emil Von Lettow-Vorbeck, descendiente de militares prusianos (su padre había combatido en la Guerra Franco-Prusiana) y con gran experiencia en conflictos coloniales, ya que había estado en la Guerra de los Boxers contra China y en las distintas colonias con las que contaba su país en África. Gracias a esto había aprendido muchísimo sobre los nativos y entre sus habilidades, por ejemplo, estaba la capacidad para hablar suajili, la lengua de los habitantes de la colonia. Bajo su mando tenía alrededor de 260 oficiales europeos y 4000 soldados nativos, llamados askaris (soldado en suajili), pobremente armados (la mayoría de su armamento era de la Guerra Franco-Prusiana, cuarenta años atrás) y con problemas de logística y suministros.

Cuando empezó la Gran Guerra en Agosto de 1914 Lettow era consciente de que con las pocas tropas que tenía bajo su mando mantener la colonia iba a ser una tarea prácticamente imposible, ya que estaba rodeada por completo de enemigos, concretamente británicos, belgas y, cuando se unieron a la guerra, portugueses. Sobre el papel las colonias debían ser neutrales en caso de conflicto en Europa, pero ninguno de los contendientes hizo caso a aquello y poco a poco las colonias alemanas fueron cayendo en poder de los aliados. Esto hizo que los alemanes, ya resignados a perder sus posesiones ultramarinas, dieran orden a sus fuerzas en ellas (incluidas las flotas, que pasarían a ser corsarias) de retrasar y distraer el máximo posible de fuerzas enemigas para que no pudieran combatir en Europa, misión que Lettow cumpliría a la perfección.

Para retrasar el máximo posible los ataques británicos Lettow decidió empezar a desgastar a sus enemigos atacando las comunicaciones en sus propias colonias, destruyendo vías de tren y atacando convoyes de suministros. Con esto empezó a entrenar a sus askaris, de paso aprovecho para hacerse con pertrechos y municiones, de las que estaba escaso. Estos ataques obligaron a los británicos a atacar la colonia en noviembre de 1914 con sus propias tropas coloniales, provenientes de la India. Pese a la superioridad numérica, 8.000 hombres frente a poco más de 1.000, Lettow les derroto en la Batalla de Tanga, perdiendo menos de cien hombres y ganando, además, gran cantidad de pertrechos, lo que le permitió dotar a sus fuerzas de armamento moderno. Con esta victoria, además, logró evitar la toma rápida y fácil de la colonia, consiguiendo su objetivo de alargar la guerra lo máximo posible.



Con ese objetivo en mente siguió defendiendo la frontera norte, llegando incluso a invadir la África Del Este Británica. El contraataque inglés recuperó con rapidez el terreno e incluso llegó a invadir una parte de la colonia alemana, pero Lettow consiguió expulsarles de nuevo en la Batalla de Jassin, pero con muchas mayores pérdidas, algunas de ellas irremplazables como 27 oficiales alemanes. Estas pérdidas le convencieron de la necesidad de pasar a la guerra de guerrillas y dejar los ataques tradicionales para cuando tuviera superioridad. Con eso en mente se dedicó a reclutar más hombres entre los nativos y los colonos alemanes, llegando a reunir un ejército de 12.000 askaris y 3.000 alemanes a finales de 1915. Armados gracias al armamento capturado a sus rivales y con la artillería que había podido rescatar del buque corsario alemán “Koenisberg” antes de ser hundido por los ingleses en las costas de la colonia, Lettow se dispuso a complicar la vida a las tropas coloniales aliadas.

Los ataques guerrilleros a las comunicaciones inglesas y las molestias que ello suponía para el esfuerzo de guerra británico siguieron hasta que en 1916 los aliados decidieron conquistar de una vez por todas la colonia. Para ello reunieron a 45.000 hombres bajo el mando del General Sudafricano Jan Smuts en el norte, esto unido al apoyo belga y portugués en las otras fronteras llevó a Lettow a dejar de defender el territorio y limitarse a mantener en movimiento a sus tropas para poder seguir atrayendo enemigos. En septiembre de 1916 solo mantenía bajo su control un pequeño pedazo del sur de la colonia, pero sus rivales no estaban mucho mejor, sus ataques guerrilleros y las enfermedades tropicales habían diezmado a los invasores, que no pudieron continuar su ofensiva.

En 1917, pese a todo, su posición era desesperada y aunque había conseguido rechazar los intentos ingleses de conquistar sus bases su incapacidad para reponer sus bajas era un grave problema al que había que sumar su falta de suministros. Esto hizo que en Noviembre de 1917 para evitar ser capturado por los ingleses cruzara a la colonia portuguesa de Mozambique, en el sur. Las novatas tropas coloniales portuguesas, cogidas completamente por sorpresa, fueron superadas por los veteranos askaris de Lettow que capturaron depósitos de víveres y municiones, e incluso un barco hospital, recibiendo los suministros que tanto necesitaban. Tanto fue el éxito de la invasión de Mozambique que en Septiembre de 1918, con la guerra casi acabada en Europa, Lettow fue capaz de amenazar la capital de la colonia. Los esfuerzos de sus rivales para defender la ciudad le dejaron vía libre para regresar al norte, a la África Oriental Alemana, donde incluso llego a atacar la vecina Rhodesia Británica, donde derroto a los ingleses el 13 de Noviembre de 1918, un día antes del final de la guerra.

La rendición alemana le sorprendió en esta colonia, por lo que las noticias no le llegaron hasta el 25 de Noviembre, donde por fin, sin un país por el que luchar, Paul Emil Von Lettow-Vorbeck se rindió a Jan Smuts cuando contaba con un ejército que no llegaba a los 5.000 hombres. Lettow y los alemanes de su ejército volvieron a su país, quedándose los askaris en la colonia, ya bajo control inglés. A su regreso fueron recompensados con un desfile por el centro de Berlín, ya que fueron los únicos soldados alemanes que no habían sido derrotados durante la Primera Guerra Mundial, seria de las pocas consideraciones que recibiría por parte de los alemanes.



La posguerra fue dura para Lettow-Vorbeck, que veía como su país se asfixiaba bajo el Tratado de Versalles. De talante conservador y monárquico participó en la represión de los levantamientos comunistas de 1919, siendo esta su única mancha en el historial, llamando la atención del creciente NSDAP de Adolf Hitler, que tratara de atraerlo a sus filas, pero Lettow se negara a ello y se unió al DNVP, el gran partido conservador de la República de Weimar. Esto le permitirá llegar al Reichstag, donde desde 1928  hasta 1930 trató de detener el ascenso nazi desde el parlamento. Durante este tiempo, también, fundó una empresa de importación y exportación en Bremen, lo que le permitirá mantener el contacto con los británicos, sobre todo con Jan Smuts, con el que trabara una fuerte amistad.

Ya con Hitler en el poder Lettow se apartó de la vida política y siguió dedicado a sus negocios, aunque con la amenaza nazi sobre él, lo que llevo a que en más de una ocasión la policía registrara sus posesiones. Pese a todo Hitler poco podía hacer contra él ya que era considerado un héroe por gran parte de la población, por lo que en un último intento por atraerlo le ofreció en 1938 el cargo de Embajador en Gran Bretaña. Hitler confiaba en que el respeto que los británicos le tenían a Lettow le permitiría seguir apaciguándoles, pero el viejo general se negó a ello y literalmente lo mando a la mierda. Este fue el fin de su vida pública.

Incapaz de acabar con su vida como haría con muchos otros debido a su popularidad Hitler se limitó a ignorarlo, por lo que la Segunda Guerra Mundial fue para Lettow una época muy dura, recluido prácticamente en su casa de Bremen y sobreviviendo gracias a la ayuda que Jan Smuts, y tantos otros oficiales británicos, le ofrecían gracias a los contactos conseguidos con su empresa de exportación. A ello hay que sumar la destrucción de su casa y la muerte de dos de sus hijos en el frente.

Finalizada la Segunda Guerra Mundial e invitado por su amigo Smuts, convertido en Presidente de Sudáfrica, visitará de nuevo África, reuniéndose incluso con sus viejos askaris. Los problemas de sus viejos soldados y la muerte de Smuts en 1950 le afectarán profundamente, y pasara el resto de su vida tratando de conseguir una pensión del Gobierno Alemán para sus antiguos soldados. Solo tras su muerte, en 1964, la RDA decidirá reconocer a los askaris, pagando una pequeña pensión a todos los combatientes que siguieran vivos y pudieran demostrar que habían luchado junto a Lettow.

Esto nos dejará la última anécdota de la historia. Cuando en los sesenta los funcionarios alemanes volvieron a sus viejas colonias para ofrecer pensiones a los soldados supervivientes. El paso del tiempo había hecho que la gran mayoría de los soldados hubiera perdido su documentación, por lo que para demostrar su historia llevaron botones, balas o viejos uniformes… Finalmente se optó por un método mejor, se les ofreció un bastón y se les dieron órdenes en alemán, idioma con el que habían sido instruidos, para que demostraran  que realmente habían combatido en el ejército.  Todos los que se presentaron fueron capaces de representar las ordenes, tal era el prestigio que tenía Lettow en aquel territorio que nadie trato de obtener una pensión que no merecía.

lunes, 23 de noviembre de 2015

Curiosidades Históricas - La Carga contra los Panzer


Si algo tiene la Segunda Guerra Mundial son curiosidades, mitos y leyendas. Que medio mundo se dedique a matar al otro medio es lo que tiene, que permite grandes actos extraños, alguno de los cuales ya han sido comentados aquí. Uno de estos mitos, seguramente el primero si hablamos a nivel cronológico, es la Carga de la Caballería Polaca, heredera de los míticos Húsares Alados, contra los tanques alemanes que invadían Polonia en Septiembre de 1939. La historia gano rápidamente fama ya que era una demostración del honor polaco, de la capacidad de su mítica caballería, del deber patriótico… Y por desgracia falsa. Sí. Como lo leéis. Completamente falsa. Eso no ha evitado que muchos historiadores la den por real. ¿El motivo? Pega bastante con el carácter polaco, como veréis a continuación.

Polonia es un país antiguo, que remonta sus raíces al viejo Ducado de Polonia, creado en el año 962 por el Duque Misceslao I, que fue el primero en convertirse al cristianismo. Situado entre germanos y eslavos el Ducado se fortalecería y crecería durante la Edad Media, alcanzando el rango de Reino en el S. XIII. Este crecimiento se afianzaría en el año 1385 cuando el dirigente de la última gran potencia pagana de Europa, el Gran Duque de Lituania Vladislav II, se casaba con la Reina de Polonia y unía ambos reinos en la Unión de Krewo. Esta unión, en un principio meramente personal, con un Rey que reinaba en ambos reinos por separado, se convirtió en una unión completa en 1569, cuando tras la muerte sin herederos del rey anterior los nobles polaco-lituanos decidieron unirse formando un solo estado por la Unión de Lublin.

A partir de la Unión de Lublin podemos hablar de un nuevo estado, la Mancomunidad Polaco-Lituana, una monarquía electiva donde los nobles de ambas naciones, reunidos en el Sejm decidían no solo a su rey, sino las leyes fundamentales del país. Es considerado por muchos el primer ejemplo de monarquía parlamentaria en Europa. Verdad era que solo la nobleza tenía derecho de voto, pero eso suponía un 10% de la población, cantidad mucho mayor que en otros estados europeos incluso en tiempos posteriores (solo el 3% de la población tenía derecho a voto en Gran Bretaña en 1867).


Esta Mancomunidad Polaco-Lituana se convirtió en una de las grandes potencias de Europa en ese momento; con un territorio que iba desde el Báltico hasta prácticamente el Mar Negro, como se ve en el mapa superior, con grandes ciudades como Cracovia, Varsovia o Vilna. Esto le permitió vivir una Época Dorada durante casi un siglo, pero su situación entre grandes potencias como Rusia, Suecia, el Sacro Imperio Romano o el Imperio Otomano acabo por perjudicarle, debido sobre todo a su falta de estabilidad interna causada por su forma de gobierno. El final de esta época llegó en 1655, con el conocido como el “Diluvio”.

El “Diluvio” es una época de la historia Polaco-Lituana que está relacionada con las llamadas Guerras del Norte, que enfrentaron a Rusia, Suecia y Polonia-Lituania  y a sus distintos aliados por el control de la costa del Báltico. Estas guerras desgastaron en exceso a la Mancomunidad que no pudo hacer nada para detener la invasión sueca en 1655, produciéndose un “diluvio” de tropas suecas. A esto se unió el cambio de bando de algunos nobles, lo que llevó a la pérdida de un cuarto de la población del país y al destrozo de su economía y sus infraestructuras. Esto además llevó a la independencia del Ducado de Prusia, que se uniría a Brandeburgo, creando problemas mayores en el futuro.

Este momento marcaría el principio de la decadencia del país y curiosamente el inicio de sus grandes hazañas bélicas, poco provechosas para el país pero que generaron un prestigio y una fama enorme a los combatientes polacos. El primero de estos combatientes fue Jan Sobieski, noble polaco que combatió a los Suecos durante el “Diluvio” y que gracias a su capacidad se convirtió en hombre de confianza del rey Jan II Casimiro. Sus victorias contra cosacos, turcos y distintos nobles rebeldes devolvieron la confianza y el prestigio al ejército polaco-lituano, este prestigio también le ayudó en sus ambiciones, ya que en 1674, tras la muerte de Miguel I, sucesor de Jan II Casimiro, fue elegido rey por el Sejm, convirtiéndose en Jan III Sobieski.

Jan III Sobieski
El inicio de su reinado se vio marcado por una nueva guerra contra los turcos, en la que salió victorioso, y en 1676 por fin, tras casi 30 años de guerras continuas, la Mancomunidad Polaco-Lituana conoció la paz. Jan III Sobieski, casado con una francesa, se acercó durante este periodo de paz a Luis XIV de Francia. El soberano francés le influenció  en muchas de sus decisiones y esto permitió que su corte se convirtiera en refugio de artistas, escritores y poetas, gracias a su mecenazgo, pero también generó en él ambiciones absolutistas, creándole problemas con la nobleza y el Sejm, con el que viviría en constante lucha.

En mitad de esta lucha llegó la primera gran hazaña realizada por un ejército polaco sin mucho sentido pero con mucho valor. En 1683, el Emperador Leopoldo I de Habsburgo mandaba a la cristiandad un llamado de auxilio, ya que un Ejército Otomano estaba avanzando, imparable, hacia Viena, ya que con el emperador refugiado en Linz y con la defensa en manos de 16.000 hombres la ciudad parecía perdida. El Rey de Polonia-Lituania decidió responder al llamado y en un ambiente de franca rebelión, Sobieski convocó al Sejm para pedirles un esfuerzo. Esto enfureció a algunos nobles, que ya estaban cansados de las políticas de Sobieski y creían que nada se le había perdido a Polonia en Austria (A ello hay que sumarle que Francia, deseosa de debilitar a Austria, había sobornado a algunos de ellos) Sobieski, cansado de esperar y harto de su nobleza marchó hacia Viena con un pequeño ejército que había reclutado el mismo dejando atrás el terreno abonado para la rebelión e indefenso ante cualquier ataque desde Hungría (aliados de los Otomanos).

Esta expedición se unió al ejército reclutado por los Habsburgo en el Sacro Imperio y que reunía tropas de pequeños estados como Sajonia, Baviera, Suabia, Franconia… dirigidos por Carlos de Lorena, Generalísimo de los Ejércitos Imperiales. Ambos llegaron a Viena y levantaron el asedio derrotando en poco más de media hora al Gran Visir Kara Mustafa en la batalla de Kahlenberg, donde los Húsares Alados Polacos, la elite de la caballería pesada, orgullo de su país, tuvieron un gran protagonismo liderando la carga final bajo el mando de su rey. Jan III Sobieski, orgulloso, escribió una misiva al Papa Inocencio XI anunciándole la victoria parafraseando a Julio Cesar: "Vinimos, vimos y Dios venció". Esta victoria, y muchas otras hazañas inútiles que se producirían después, llevarían al escritor polaco del S. XX Boy-Żeleński a afirmar que “Los húsares polacos siempre se lanzan a la carga hacia cualquier punto donde no se les ha perdido nada.”

Los Húsares Alados Polacos
Esta victoria, que lo consagró como uno de los grandes militares de su tiempo, fue fatal para su país, que no solo tuvo que sufrir una invasión húngara prácticamente indefenso, sino que se vio salpicado por multitud de rebeliones y de luchas internas; lo que provocaría su decadencia final. El S. XVIII fue de constantes problemas para la Mancomunidad, que poco a poco fue cayendo bajo la influencia de sus tres poderosos vecinos, el Sacro Imperio, representado en los Habsburgo, el Reino de Prusia y Rusia. Aunque entre 1788 y 1792 hubo grandes intentos de reforma, como la creación de la que sería la primera constitución redactada en Europa en 1791, nada pudo evitar la llamada “Repartición de Polonia” entre Rusia, Prusia y Austria en 1795.

Estos problemas internos y la posterior repartición llevaron a distintos polacos al exilio, ya fuera por cuestiones políticas o meramente por hambre. Por ejemplo dos de los exiliados políticos fueron Kazimierz Pułaski y Tadeusz Kościuszko, que se vieron obligados a exiliarse tras liderar distintos levantamientos contra la influencia rusa y terminaron, como los Húsares Alados de Sobieski, en un lugar donde no se les había perdido nada, América del Norte. Ambos colaboraron como generales en la Independencia Americana mientras su país era desmembrado; muriendo incluso Pułaski en la Batalla de Savanah.


A partir de aquí Polonia desapareció de la historia durante casi dos siglos pero no lo hicieron los polacos, que siguieron combatiendo en guerras en las cuales no se les había perdido nada por honor o esperando simplemente ayuda para recuperar su país. Unos de los que tuvieron éxito fueron los polacos de las famosas Brigadas Polacas de Napoleón, creadas con exiliados tras las particiones y que acabarían creando el Gran Ducado de Varsovia en 1807, pero que desaparecería, absorbido por el Imperio Ruso, tras el Congreso de Viena. Pero no fueron los únicos, regimientos de polacos lucharon en distintas guerras del S. XIX, como la de Unificación de Italia o en la Franco-Prusiana, siempre de la mano de sus amigos franceses. El éxito llegaría más de un siglo más tarde, en la Primera Guerra Mundial.

Durante la Gran Guerra los polacos se vieron obligados a combatir en ambos bandos en el Frente Oriental, sobre todo en las filas de Austro-Húngaros y Rusos (la población polaca que quedaba bajo control alemán era más bien poca), pero también fue posible verles, como no, junto a los franceses en el Frente Occidental. Más de 100.000 polacos (la mayoría emigrantes que habían salido de Polonia por el hambre tiempo atrás) se alistaron en la Legión Extranjera, de nuevo lanzándose a la carga en sitios donde más bien pintaban poco. Este esfuerzo, por suerte, sí que tuvo recompensa, y gran parte de estos combatientes pudieron volver a su país tras la guerra, ya que volvía a ser independiente.

¿Y que se encontraron al regresar? Más guerra. Convencidos por las potencias aliadas para que atacaran la Revolución Bolchevique se vieron inmersos en la Guerra Ruso-Soviética entre 1919 y 1920 y que cerca estuvo de dejarlos, de nuevo, sin país. Abandonados a su suerte por sus aliados, algo a lo cual los polacos ya estaban acostumbrados, consiguieron salvar los muebles en la Batalla de Varsovia y mantener su soberanía intacta. Esto dejó a los polacos con un país independiente, pero de nuevo bajo la amenaza de dos grandes potencias, Alemania y Rusia, y además con fronteras difícilmente defendibles, como el corredor polaco entre Alemania y Prusia Oriental.


Tras el periodo de entreguerras llegamos a la Segunda Guerra Mundial y al momento de nuestra anécdota actual. Un breve repaso a la historia polaca nos muestra porque el mito de la “Carga contra los Panzers” es fácilmente creíble; y es que esas muestras de valentía sin sentido ni beneficio formaban parte de la idiosincrasia polaca. En realidad el mito fue creado por unos reporteros de guerra italianos sobre una base real, como veremos a continuación. La tarde del 1 de Septiembre, primer día de la guerra, los alemanes avanzaron por el corredor polaco tratando de unir su territorio. Con el Ejército Alemán avanzando imparable los polacos, abandonados por sus aliados de nuevo, trataron de retirarse en orden, dejando para cubrir la retirada al  18º Regimiento de Caballería. Estos lanceros trataron de retrasar el avance alemán atacando sus flancos y curiosamente lograron varios éxitos, matando a varios alemanes y desorganizando las formaciones. Pero finalmente un error les hizo encontrarse con unas pequeñas tanquetas ametralladoras alemanas, que abrieron fuego haciendo una carnicería entre la caballería. Cuando al día siguiente los reporteros vieron los cadáveres los alemanes les afirmaron que habían sido derrotados mientras cargaban contra las tropas acorazadas. Los polacos, encantados con el mito, lo hicieron suyo, igual que los alemanes, que lo usaron para mostrar a los polacos como un pueblo atrasado.

Para no romper la tradición los polacos, durante la Segunda Guerra Mundial, siguieron combatiendo en lugares donde no se les había perdido nada, y tras huir de su país retirándose de dos ejércitos (Del alemán y el soviético, que se unió a la fiesta) se retiraron a Rumanía y Hungría, donde llegaron armados y en perfecto orden. Estos países les desarmaron pero les permitieron abandonar el país y marcharse a Francia y Reino Unido, donde seguirían combatiendo por todo el mundo, llegando a formar una compañía, la 1ª División Acorazada Polaca que lucía como símbolo las alas de los húsares de Sobieski. Siguiendo con su sino estos hombres se encontraron al volver a su país tras la contienda con otra guerra civil, llegando incluso a verse obligados a unirse a los partisanos anticomunistas… Pero eso es otra historia.

lunes, 2 de noviembre de 2015

Cuando el champán salvó a Francia


Hay alimentos que asociamos a países, como el jamón a España, la pasta y la pizza a Italia o el Fish & Chips al Reino Unido. Curiosamente en el caso francés podemos encontrar distintos productos que cumplen con este fin, como puede ser el queso, pero lo verdaderamente característico es el champan. Y ha hecho méritos más que suficientes para serlo, llegando incluso a salvar el país cual Juana de Arco. ¿Qué no me creéis? Seguid leyendo.

Ha llegado el gran momento, vamos a hablar de Francia y las Guerras Mundiales. Ya aviso que tendremos otros artículos basados en Francia y las Guerras Mundiales, pero este es el primero. Y es que nunca un país con tan pocos méritos militares (su última ofensiva con cierto éxito fue la invasión de Bélgica previa a Waterloo por parte de Napoleón en 1815) logró vencer en dos guerras mundiales. Ni siquiera Italia y sus diversos y ridículos cambios de bando en ambas contiendas se le acercan. Eso sí, no hay que quitar merito a su hábil diplomacia, si tus militares no sirven siempre puedes aliarte con los anglosajones o los rusos, que de guerra saben un rato.

En esta historia vamos a viajar a 1918, concretamente a la primavera de dicho año, cuando la Gran Guerra estaba en su punto culminante y lista para la conclusión. Porque eso era algo que todo el mundo tenía claro, la guerra terminaría antes de finalizar el año, debido al desgaste de ambos contendientes. No se podía saber quién acabaría llevándose el gato al agua, pero sí que la contienda no podía alargarse más. El bloqueo aliado sobre las Potencias Centrales había llevado a la población alemana y austrohúngara al borde del hambre y la revolución, solo el patriotismo y la visión de una victoria final que parecía muy cercana les mantenía en pie; al otro lado de las trincheras la moral francesa estaba a una derrota de la rendición y el ejército inglés, combatiendo en múltiples frentes (Balcanes, Oriente Próximo, Europa Occidental) estaba al borde del colapso; solo la llegada de los estadounidenses daba esperanzas para el futuro.

Por tanto ambos bandos se preparaban para una batalla que iba a ser decisiva y la inciativa recaía en el bando de las Potencias Centrales. La Revolución Rusa había sacado al Zar de la guerra y tras conseguir la paz en Brest-Litoskv están preparados para aplastar a sus rivales occidentales. Por fin, tras casi cuatro años de guerra, el Plan Schlieffen (echar a Francia de la guerra rápidamente y concentrarse en Rusia) es completado, aunque no de la manera esperada, y el Kaiser puede concentrar todas sus tropas en un frente. El fin de Francia está cerca, y Ludendorff, líder militar de Alemania y en estos momentos prácticamente su dictador, tiene claro donde dar el golpe.

El Frente Occidental lleva desde 1914 atascado en una guerra de trincheras que cruza Francia y Bélgica desde el Mar del Norte hasta Suiza. Ludendorff, que ya lo intentó al norte, en Ypres, el mes anterior y fracasó lleva mucho tiempo mirando el centro de esa línea, donde las líneas británicas se unen con las francesas. Su objetivo es romper el frente ahí y llegar a los puertos del canal para complicar el abastecimiento desde el mar de las tropas aliadas. El ataque sale bien, pero no logra su objetico y a 35 kilómetros de Dunkerque es detenido por un contraataque inglés. Pese a todo sigue teniendo hombres para seguir intentándolo, gracias a los refuerzos llegados desde el frente ruso.



Esta vez el golpe será más al sur, en la zona de Aisne, en la Champaña. Este sector esta defendido por franceses y Lundendorff espera derrumbar la moral del ejército con una victoria atronadora que le permita, además, llegar a París. El inicio de la ofensiva es genial, el frente se derrumba y el Gobierno Francés, temiendo por la seguridad de la capital, se retira a Burdeos. Es el 27 de Mayo y en toda Alemania se respira esperanza, la guerra puede terminar en unos días. Pero si algo tiene Francia cuando pintan bastos y la derrota parece absoluta es suerte; ya les ocurrió con Juana de Arco, les ocurrió con Napoleón en Austerlitz y les volvió a pasar en la Gran Guerra.

El avance alemán por la Champaña tuvo más inconvenientes de lo esperado. No era extraño ver a las hambrientas tropas del Kaiser tomar al asalto los depósitos de alimentos aliados tras una victoria. Era algo común y que demostraba los problemas que el bloqueo había traído a la Alemania. Pero esta ofensiva fue diferente, y es que lo que tomaron al asalto los soldados fueron las cavas del champán que abundan en la región. Es el 30 de Mayo y los informes no pueden ser más demoledores, una columna de aprovisionamiento advierte al Cuartel General de su incapacidad para atravesar el pueblo de Fimes porque “La calle está llena de soldados borrachos y de botellas de champán, unas llenas y otras vacías.” El Ejército Alemán está a menos de 100 kilómetros de París, pero el retraso debido a la fiesta permite a los franceses reorganizarse y resistir, salvando de nuevo a su capital como ya lo hicieran en 1914.


A Ludendorff el cuerpo le pide fusilar a todas las compañías que se emborracharon en la Champaña, pero por desgracia las cosas no están para hacerlo ya que el Ejército Alemán tiene grandes problemas de hombres. La guerra está perdida, la última oportunidad se ha esfumado y ahora la llegada de los norteamericanos no hace sino complicar cualquier otra opción. Por supuesto, los alemanes lo intentaran una última vez, en Reims en Julio, pero eso solo será un canto de cisne. En Noviembre, tras una ofensiva aliada en todos los frentes, Alemania se rendirá y pondrá fin a la Primera Guerra Mundial, solo seis meses después de haber estado a las puertas de París y de la victoria.

jueves, 6 de agosto de 2015

La resistencia a los torpedos de Wykeham-Musgrave


Antes de nada me gustaría dedicar esta entrada a todos y cada uno de los que ayer me sacaron los colores diciéndome lo que les gusta el blog, así que, @Consensador, @LoboVCF@TheCharlieOne_ y @ferretyvcf, mil gracias.

Hoy, como he hecho otras veces, os voy a invitar a un pequeño viaje en el tiempo para contaros un hecho de armas prácticamente increíble. Y es que si algo tiene la guerra es que genera extrañas situaciones que acaban resultado en anécdotas que dan mucho juego a los que tenemos un blog dedicado a estas pequeñas historias como un servidor. Y si, esta historia va a ser más curiosa que la de aquel hombre que mataba nazis con un arco. ¿No me creéis? Veréis, veréis…
                                                        
En este viaje vamos a dirigirnos a un momento y lugar muy concretos de la historia. El día, el 22 de Septiembre de 1914, el lugar la costa del Mar del Norte cercana a los Países Bajos. Europa lleva, en estos momentos, un mes y tres semanas en plena Primera Guerra Mundial y aunque la ofensiva alemana ya ha sido detenida en el Marne la batalla en el mar acaba de empezar y ese día va a dar un giro decisivo, que acabará decidiendo la contienda. Un submarino alemán, el U-Boat U-9, bajo el Kapitänleutnant Otto Weddigen hundió tres buques ingleses, el HMS Aboukir, el HMS Hogue y el HMS Cressy a golpe de torpedos en menos de una hora. Esta gran victoria, la primera del arma submarina alemana en el mar, cambiaría la guerra para siempre.

El Kapitänleutnant Weddigen

Pero esta historia no trata sobre la victoria alemana o su confianza en los submarinos para ganar la guerra, lo que le acabaría costando la derrota, no. Esta historia trata sobre una de las victimas del U-9 y su capacidad para ser inmune a los torpedos. Como lo oyen. Inmunidad total. Hablo del Midshipman Wenman Wykeham-Musgrave, un oficial cadete de la Royal Navy, cargo semejante al Guardiamarina en España, y en aquellos momentos a bordo del HMS Aboukir.

Aquella mañana de Septiembre Wykeham-Musgrave, nacido el 4 de Abril (comparte fecha de nacimiento con quien les escribe) de 1899 en Barford, Reino Unido y que tenia por tanto 15 años en aquellos momentos, entró en la historia por un hecho sorprendente que les narrare a continuación. A las 06:20 de la mañana el primer torpedo del U-9 alcanzó el HMS Aboukir que empezó a hundirse. Ante el terrible final que se avecinaba el capitán del buque pidió a los hombres del HMS Hogue y el HMS Cressy, que patrullaban junto a él acercarse lo máximo posible para poder evacuar el barco.

Hundimiento del HMS Aboukir

Cuando el HMS Hogue se acercó al buque que se hundía descubrió que había sido objeto de un ataque con torpedos y ordenó al HMS Cressy buscar un periscopio mientras recogía del frió Mar del Norte a los supervivientes del buque hundido. Uno de los que lograron subir a bordo fue Wykeham-Musgrave tras acercarse nadando desde los restos de su antiguo buque. Pero justo en el momento en que alcanzaba la cubierta de su rescatador, a las 07:20 de la mañana, y aprovechando que el buque estaba parado para recoger a los supervivientes, el U-9 lanzó de nuevo dos torpedos, condenando al HMS Hogue.

Era el segundo trofeo del día para el U-9, pero no seria el último. A pesar de ello tuvo problemas para cobrarse su tercera victima ya que al verse liberado del peso de los torpedos que había lanzado salió a la superficie y fue visto por el HMS Cressy, que trató de hacer fuego contra él. Pero su efectividad combativa era baja ya que debía mantenerse estático para recoger a los supervivientes de los naufragios de sus dos buques hermanos. Uno de los supervivientes fue, de nuevo, Wykeham-Musgrave, que nadando había logrado alcanzar la salvación en el HMS Cressy. Pero nada más lejos de la realidad, el tener que mantenerse estático facilitó el trabajo del U-9, que se sumergió y  disparó dos nuevos torpedos que impactaron y condenaron al buque a las 07:55 de la mañana.

El HMS Cressy

Esta vez Wykeham-Musgrave no tenia otro buque al que huir, tras ser hundido por tercera vez en menos de una hora, pero encontró un trozo de madera a la deriva y pudo esperar hasta que los buques de pesca holandeses e ingleses, encargados del rescate de los marineros, llegaron a la zona y el oficial cadete fue repatriado a su país, donde siguió combatiendo, llegando incluso a hacerlo en la Segunda Guerra Mundial.

En ese enfrentamiento naval el U-9, él solo, con unos torpedos defectuosos como eran los alemanes del inicio de la guerra, logró enviar al fondo a tres buques de guerra ingleses llevándose por delante a más de 1400 personas. Alrededor de 600, por el contrario, fueron rescatadas, siendo una de ellas Wykeham-Musgrave. ¿La diferencia? Que él logró subir a los tres buques antes que se hundieran, es decir, naufrago tres veces en una hora, un curioso record que sigue conservando.

sábado, 27 de junio de 2015

Curiosidades Históricas - Los coches del oro



Hoy vuelvo a hablar de curiosidades históricas, esta vez una relacionada con la Primera Guerra Mundial. Antes de empezar con ella os pongo en antecedentes. Durante mi viaje a Alemania tuve la ocasión de visitar la ciudad holandesa de Groningen (os la recomiendo) y en su Grote Markt descubrí la librería Van Der Velde, un establecimiento coqueto y elegante donde me hice con “Ring of Steel” un libro escrito por Alexander Watson, curiosamente británico, en el que se narra la Primera Guerra Mundial desde el punto de vista de las potencias centrales: el Imperio Alemán y el Imperio Austro-Húngaro.

“Ring of Steel”, con un estilo sencillo y claro, narra distintas historias y curiosidades sobre la Gran Guerra, siempre dentro de los dos países germánicos, eso sí. Una de las que más me ha llamado la atención es la que voy a narraros a continuación, relacionada con algo que el autor llama “Gold Cars” y que yo he traducido como coches del oro, porque creo que es su más correcta acepción. Es que por desgracia no he encontrado ninguna referencia en español a esta historia, así que lo traduciré así.

Empezaré, como no, por el principio. Viajamos a los primeros días de agosto de 1914; concretamente al 3 de agosto, día en el que la guerra, que hasta ahora se había limitado a Austria-Hungría y Alemania por un lado  y Serbia y Rusia por el otro, acabo incluyendo a Francia con la declaración de guerra alemana. En ese momento la guerra pasó a ser mundial (o lo seria al día siguiente con la entrada en la guerra de Reino Unido) y los imperios centrales se vieron rodeados de enemigos.

Hay que entender que el día 3 de agosto, pese a que las declaraciones de guerra se habían lanzado y la movilización, en algunos casos como el austro-húngaro, llevaba ya en marcha una semana, la guerra parecía lejana e irreal en muchos puntos alejados de las fronteras entre los combatientes. Esto, unido a la desinformación que se vivía en las zonas rurales, hizo crecer muchos mitos entre los habitantes de dichas zonas, siendo uno de ellos el de los coches del oro, o “Gold Cars”.

Si cogemos un mapa de la época, o uno actual, y situamos a cada uno de los contendientes, observamos que las potencias centrales, pese a estar rodeadas de enemigos, también habían logrado aislar al Imperio Ruso de sus aliados: Francia y Reino Unido. Esto en un país como la Rusia de 1914, con graves problemas internos y que dependía del comercio exterior, era algo que preocupaba a los aliados y que era visto como una ventaja para los gobiernos alemán y austriaco. Este motivo, mantener el aislamiento ruso, sería el que llevaría al Imperio Otomano (que podía cerrar el Mar Negro a los rusos) a la guerra solo unos meses después. Es por ello que para muchos habitantes de Alemania y Austria-Hungría lo que voy a contar a continuación les pareciera cierto, ya que los aliados necesitaban ayudar a Rusia como fuera.



La evidente necesidad que tenían los aliados de aprovisionar a Rusia y el miedo que tenían los alemanes y austro-húngaros a los espías e infiltrados franceses hizo que el 3 de agosto unidades situadas en la frontera alemana con el país galo advirtieran a sus superiores que diversos coches franceses llenos de oro habían cruzado la frontera dispuestos a llegar a territorio zarista con estos suministros. Esta noticia corrió como la pólvora y llegó a Berlín, haciendo que el Ministro de Interior reaccionara con rapidez ordenando la búsqueda de estos coches. Como era de esperar la noticia se filtró a la prensa que, inflamada de espíritu patriótico, empezó a advertir a la población de la posible presencia de otros convoyes franceses con oro en su interior. La noticia incluso salto la frontera y la misma tarde del día 3 de agosto en la ciudad checa de Praga, bajo control austro-húngaro en aquel entonces, la policía reportará al gobierno imperial la entrada a través de la frontera bohemia de cuarenta automóviles rusos que marcharían al encuentro de los franceses.

Esto fue el inicio de tres días de locura, en el que la población de ambos imperios, con una mezcla de patriotismo y miedo, se dispuso a localizar dichos coches. Los pueblos se llenaron de barricadas, los campesinos empezaron a detener a cada automóvil que pasaba por sus tierras y unidades de reserva del ejército registraban el territorio en busca de los coches. Por supuesto, nadie encontró nada y empezaron a correr las más diversas historias sobre ellos. Algunos afirmaban que los franceses, tratando de pasar desapercibidos vestían como alemanes e imitaban su acento, otros afirmaban que en realidad quienes conducían dichos coches eran mujeres vestidas como cabareteras, pero el colmo llego el día 6 de agosto, cuando un periódico afirmó que por miedo a ser descubiertos habían abandonado sus coches, se habían vestido como campesinos y habían pasado a utilizar bicicletas. Contando que algunos periódicos afirmaban que los franceses transportaban alrededor de 26.000 kilos de oro, hubieran sido necesarios más de mil ciclistas para transportarlo. Pero nadie hizo los cálculos en aquel momento.

Fue entonces cuando por fin la sensatez regreso a los dirigentes de las potencias centrales y alguien puso fin a la disparatada historia. Hay que recordar que el día 6 de agosto la guerra como tal ya había empezado y las fuerzas armadas alemanas ya estaban combatiendo en Lieja, Bélgica, mientras Austria-Hungría hacia esfuerzos por contener a los rusos en Polonia. Es por ello que algunos oficiales empezaron a quejarse de los problemas logísticos que la búsqueda de los “Gold Cars” causaba, ya que era imposible cruzar el país en automóvil sin ser detenido por los habitantes de cada uno de los pueblos y verse obligado a demostrar que no era francés.

Como es obvio jamás existieron estos “Gold Cars”. Había intención por parte de los aliados de aprovisionar a Rusia, como es lógico, pero había otras maneras de hacerlo que mandar coches llenos de oro a través de territorio enemigo. Pese a todo la historia triunfo entre los habitantes de las potencias centrales y fue debido, sobre todo, a dos motivos, el primero fue el miedo de la población a la guerra y el segundo el interés del gobierno alemán por aumentar estos rumores para generar odio y patriotismo en su nación. Solo cuando esto resulto ser un problema para el esfuerzo de guerra alemán el gobierno detuvo los rumores y deshizo las barricadas y demás controles en su suelo.

Este es un ejemplo, otro más, de cómo la guerra sacudió a la población europea en 1914. Hacia 40 años que las naciones europeas no tomaban los fusiles y el miedo y el terror a lo desconocido inflamaba los corazones de sus habitantes. Estas reacciones, como muchas otras, fueron producto simplemente del miedo que, como es lógico, la población tenia a la guerra.

miércoles, 24 de diciembre de 2014

La Tregua de Navidad


Hoy, 24 de Diciembre de 2014 se cumple un siglo exacto de un gesto simbólico que demostró que incluso en los peores momentos el ser humano es un hombre que ama a sus semejantes aunque sean “enemigos”. Hablo, como algunos habrán adivinado, de la Tregua de Navidad.

La Gran Guerra


En 1914 toda Europa estaba en Guerra. Por un lado los aliados: Reino Unido, Francia y el Imperio Ruso, por el otro los Imperios Centrales: el Imperio Alemán y el Imperio Austrohúngaro. Las autoridades y jefes militares de uno y otro bando habían previsto que la guerra terminaría rápidamente, pero los franceses e ingleses habían detenido la ofensiva alemana en el Frente Occidental y en el Frente Oriental se había llegado a un punto muerto. Era obvio que la guerra iba a ser más larga de lo esperado, y aunque no lo sabían, la navidad de 1914 sería la primera de las cuatro que pasarían rodeados del barro de las trincheras.

Pese a todo, aunque había que pasar la navidad lejos de sus familias y amigos, los soldados de ambos bandos se prepararon para pasarla la mejor posible. Se decoraron las trincheras, se aumentó el rancho y se cantaron villancicos y otras acciones típicas de dichas fechas. Pero entonces cerca de Ypres, en suelo belga y una de las pocas ciudades del país que no estaban en poder alemán, ocurrió algo distinto.

La Tregua


Ypres, aunque belga, estaba defendida por las tropas de la British Expedicionary Force, es decir, el ejército ingles que combatía en suelo continental. Frente a ellos el Primer Ejercito Alemán defendía las trincheras por su lado. La noche del 24 de Diciembre, tras la cena, varios alemanes empezaron a cantar la versión austriaca de “Noche de Paz”, a la que los ingleses respondieron con villancicos típicos de su tierra. Se ha dicho siempre que respondieron con la versión inglesa del mismo villancico, pero en realidad en aquellos tiempos “Noche de Paz” no era conocida en el Reino Unido.

Este primer intercambio de villancicos terminó con canciones cantadas al unísono entre ambas trincheras. Esto llevo a algo más, y es que los soldados de ambos bandos decidieron remontar sus trincheras y reunirse en tierra de nadie para intercambiarse regalos como whisky, cigarrillos o dulces. Aquella reunión llevo a una tregua, no oficial obviamente, que duro hasta el día 26, que fue cuando los altos mandos de ambos ejércitos decidieron poner fin a la confraternización con el enemigo.

Estos dos días de tregua, como es de esperar, dieron lugar a muchas historias. Los soldados aprovecharon para enterrar a los caídos en tierra de nadie, incluso con ceremonias conjuntas en las que se vieron muestras de respeto y condolencia entre enemigos. Además se contaron sus historias personales, cantaron canciones populares, hicieron chistes sobre los franceses (esto no cambia, ni sus aliados pueden evitar reírse de ellos) y se jugaron distintos partidos de fútbol. Este último, sin duda, es el episodio más conocido de la tregua, y según han dado a conocer las últimas investigaciones, no fue algo espontaneo, sino que un soldado británico, llamado Willie Loasby se encargó de organizarlo. Es más, incluso sabemos el resultado, 3-2 a favor de Alemania. Y es que ya lo dijo Gary Lineker, a esto siempre ganan los alemanes.


Además de la tregua en Ypres, se vivieron otros episodios parecidos en las trincheras, incluso en el distante Frente Oriental, donde rusos e austriacos vivieron un plácido alto al fuego durante toda la navidad. Por desgracia no se pudieron volver a repetir porque en los años posteriores los altos mandos planearon ofensivas y ataques artilleros para evitar la confraternización de las tropas. Pero todo ello dejo una imagen de humanidad que aun no se ha olvidado, y este año se han vivido homenajes y recuerdos en la zona a todos aquellos hombres que olvidaron que eran enemigos en plena navidad.



Y con esta bonita historia el equipo de redacción de Etereocidades os deseamos una feliz navidad a todos los lectores.