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martes, 29 de marzo de 2016

Un pantalón genocida




Ayer, comentando el capítulo de Ministerio del Tiempo en Twitter (no hay spoilers, tranquilos), serie que os recomiendo profundamente, tuve una pequeña conversación sobre el “Rayadillo”, el uniforme de las tropas coloniales españoles que pudo verse en la serie. Este uniforme fue adoptado en 1868 y duró hasta el final de las colonias españolas de ultramar en 1898 y era un intento de adaptarse a la pólvora sin humo y buscar uniformes de baja visibilidad. El “Rayadillo”,  como su propio nombre indica, buscaba conseguir esto gracias a la superposición de rallas azules y blancas, lo que le daba de lejos un tono azulado que podía confundirse con el paisaje.

¿Y porque hablo de esto? Porque hoy vamos a hablar sobre uniformes de baja visibilidad y como las distintas naciones trataron de adaptarse a la pólvora sin humo y a la necesidad de confundirse con el paisaje para no convertir a sus soldados en dianas andantes. Los uniformes multicolores y coloridos típicos de las Guerras Napoleónicas habían ido quedándose anticuados durante el S. XIX debido al avance de la tecnología militar, que había aumentado el alcance útil de muchas armas y con ello la distancia a la que se combatía. Esto se sumaba a la aparición de la pólvora sin humo, que permitía que el campo de batalla no se viera envuelto en una neblina que ocultaba amigos y enemigos y convirtiendo la necesidad de confundirse con el terreno en algo importantísimo.

Las primeras pruebas llegaron en la Guerra de Secesión Norteamericana entre 1861 y 1865, donde el Ejercito Confederado empezó a vestir de gris, complicando con ello el tiro de los unionistas. Pese a la derrota sudista algunos tomaron nota de la importancia de disimular sus uniformes, entre ellos España, que estrenaría el “Rayadillo” solo tres años después. Curiosamente las grandes potencias europeas tardaron bastante más en adaptarse a los nuevos tiempos y solo Reino Unido, tras los problemas sufridos durante la Segunda Guerra Bóer (donde fueron cazados como conejos por los tiradores afrikáans, que pese a no usar uniformes sí que vestían de colores oscuros) adoptaron nuevos uniformes antes de la llegada del S. XX.

El Rayadillo en el Ministerio del Tiempo

Por poner un ejemplo cuando los estadounidenses desembarcaron en Cuba durante la Guerra de 1898 algunos españoles destacarían que su uniforme azul vivo los convertía en dianas perfectas, lo que explica el alto número de bajas que sufrieron frente a las mal suministradas fuerzas españolas pese a ser una guerra corta y victoriosa. Bueno, a este ratio de bajas también ayudo el maravilloso fusil Mauser (que también usarían los Bóers) y el combatir a la defensiva, pero la idea general es que ante la potencia de fuego moderna lo mejor era ser lo menos visible posible.

Por tanto podemos decir que a inicios del S. XX quien más y quien menos ya había visto la efectividad de los uniformes apagados para no ser cazados como conejos en caso de guerra. Pese a ello potencias como Alemania, Rusia o Austria-Hungría necesitarían aun la primera década del siglo para adoptar los uniformes y aun lo harían entre las protestas de muchos de sus líderes. Por ejemplo el Emperador Francisco Jose I consideraba el nuevo uniforme austrohúngaro vulgar, mientras que el encargado de explicarle al Kaiser Guillermo II las ventajas de los nuevos uniformes calificó la reunión con el monarca como desagradable.

Pero una de las potencias llegó tarde al cambio, hablamos, como no, de Francia. Y eso que curiosamente durante toda la época de la Paz Armada se mostraron abiertos a las mejoras tecnológicas y adaptaron todos los avances que pudieron a la guerra. Si señores, aunque suene extraño la Francia posterior a Napoleón hizo un buen trabajo en algún momento de su historia en el ámbito militar. La derrota en la Guerra Franco-Prusiana de 1870 les había despertado del letargo de autocomplacencia en el que vivían desde las Guerras Napoleónicas y había hecho que los 40 años anteriores a la Primera Guerra Mundial su ejército se convirtiera en una maquina casi perfecta.

Soixante-Quinze francés
Con una guerra frente a Alemania en el horizonte Francia era consciente de que estaba en inferioridad, sobre todo demográfica. No es solo que la población alemana fuera mayor, es que además crecía mientras la francesa se mantenía estancada. Crearon un estado mayor, aumentaron el servicio militar, prepararon una movilización perfecta… Y a ello le sumaron avances tecnológicos como su maravilloso cañón de 75mm, el Soixante-Quinze francés, el primer cañon de tiro rápido (no necesitaba ser reapuntado tras cada disparo) y que no solo sería básico durante la Gran Guerra sino que incluso llegaría a ser usado en la Guerra Civil Española casi 30 años después.


Entonces, ¿Qué ocurrió con los uniformes? Que simplemente llegaron tarde. Hasta antes de la Gran Guerra el Ejercito Francés usaba un uniforme muy característico, casaca azul, pantalón rojo y el quepis azul en la cabeza. Nada de baja visibilidad ni cascos de acero; todo muy elegante y napoleónico, además de patriótico. En el fondo el rojo y el azul, junto a correajes y otros detalles en blanco, eran los colores de Francia y se esperaba que el soldado francés, vestido con la tricolor, combatiera con mayor ahínco contra los enemigos de su patria. Y este, y no otro motivo, fue el que llevo a los franceses a entrar en la Gran Guerra como dianas andantes.

Y ojo, los motivos no fueron militares, sino mucho más prosaicos. Los teóricos militares hicieron bien su trabajo y tan pronto como en 1903 y al calor de la Segunda Guerra Bóer empezaron los experimentos para cambiar los uniformes y adaptarlos a la nueva manera de hacer la guerra. La primera prueba, como no, siguió la moda afrikáans y se llamó “tenue boër”, ya que incluso incluía un sombrero semejante al que usaban los combatientes sudafricanos. Pese a todo no gusto en el ejército e incluso uno de los oficiales de los regimientos con el nuevo uniforme llego a decir a sus hombres que aunque ahora tuvieran un uniforme “feo” seguían perteneciendo al ejército francés.

El "tenue boër"

Las pruebas continuaron y en 1911 ante la evidencia de la necesidad de un cambio se probó con el “tenue réséda” que pese a su color verde grisáceo y su capacidad para confundirse con el terreno no recibió sino críticas desde todos los ámbitos: fue pitado en un desfile, criticado por los conservadores por ser poco patriótico y por algunos militares por eliminar el rojo, que era lo que daba valor a la tropa. Incluso la prensa llegará a decir que es un uniforme de mozo de cuadra y acusa a los francmasones de crearlo para reducir el prestigio del ejército.

El "tenue réséda"

Así las cosas las discusiones llegarían hasta 1913 cuando con los conservadores en el poder el Ministro de Defensa Eugène Étienne llegara a decir en la Cámara de Diputados que “Supprimer le pantalon rouge? Non! Le pantalon rouge, c´est la France.” (¿Suprimir el pantalón rojo? ¡No! ¡El pantalón rojo es Francia!) Y con esto quedó cerrada la discusión hasta que al año siguiente, a las puertas de la guerra y con un nuevo Ministro de Defensa, Adolphe Messimy, se decidió por fin adoptar el “tenue bleu-horizon” como nuevo uniforme. ¿El problema? Que tantas discusiones hicieron que la decisión llegara tarde, por lo que no llegó a las tropas hasta 1915.
El "tenue bleu-horizon", por fin un uniforme decente

Así que durante los primeros meses de la guerra los franceses tuvieron que combatir con su patriótico y elegante pero poco práctico uniforme, convirtiéndose en dianas andantes para los tiradores alemanes. Ello, sumado a la táctica francesa que insistía en el ataque a ultranza (con oficiales a caballo y sable en mano) y a pecho descubierto contra ametralladoras, alambradas y tiradores, hizo que nada más durante la Guerra de Movimientos de 1914 los franceses perdieran algo menos de medio millón de hombres entre muertos y heridos.

Obviamente no todo fue culpa del uniforme, pero sí que muchos tiradores alemanes destacaron que la vistosidad de los franceses facilitaba la puntería y ayudaba a hacer blanco en ellos. Otros, como Edwin Rommel, añadirían al peligro del uniforme francés las cacerolas y enseres para hacer la comida que los soldados llevaban al cuello, levantando reflejos que facilitaban verles entre los campos de maíz. Pese a todo, podemos decir que con total seguridad el pantalón rojo del uniforme francés es una de las prendas de ropa que más muertos ha causado en la historia.
Todos ordenaditos para morir por Francia

martes, 8 de diciembre de 2015

La izquierda ha perdido el discurso



Imbuidos como estamos en la vorágine preelectoral, y con una campaña televisada al dedillo, hay una noticia que parece haber pasado de puntillas sobre la actualidad, más allá de la típica reseña en las noticias y el dramatismo con el que los medios gustan de recubrir, últimamente, cualquier noticia relacionada con la política. Hablo, como no, del ascenso del Frente Nacional en Francia.

Como era de esperar la mayor parte de las reacciones que hemos vivido en nuestro país han venido desde la izquierda, donde se advierte del peligro del ascenso de la extrema derecha para la democracia en Europa. El problema es que el análisis se queda ahí, y que casi un 28% del electorado de un país como Francia, conocido por sus ideas democráticas y liberales, vote un partido de Extrema Derecha es algo que merece algo más que un simple arañazo en la superficie.

¿Qué ha hecho posible este resultado? Para empezar el liderazgo de Marine Le Pen. En un partido tan personalista como el Frente Nacional era de esperar que tras la marcha del fundador, Jean Marie Le Pen, fuera su hija quien le sucediera. Lo que nadie esperaba es que Marine demostrará la habilidad política que ha demostrado, convirtiendo el partido, poco a poco, en algo mucho más serio de lo que era bajo su padre, llegando incluso a expulsarlo de la formación.

Y es que en el nuevo Frente Nacional de Marine cosas como llamar “leprosos” a los enfermos de sida como hacia su padre es algo que esta fuera de lugar. Incluso la hemos visto expulsar a nazis y evitar cualquier referencia al III Reich. Curiosamente estas medidas han encontrado críticas en algunos partidos semejantes en España, incluso algunos durante este fin de semana criticaban la “tibieza” del partido debido a estos motivos.

Obviamente el liderazgo ayuda, pero no gana elecciones; que se lo pregunten a Rivera o Iglesias… Es por ello que he decidido dar una ojeada al programa del partido para buscar motivos. Más allá de lo esperado: rechazo a la inmigración, programas de  preferencia nacional, condena del matrimonio homosexual y el aborto, pena de muerte, exaltación de los valores “republicanos y franceses”… hay un apartado que explica, y mucho, su ascenso en estos momentos. Su programa económico.

Con una Francia con cada vez más graves problemas económicos y que mira a Berlín y a Bruselas (que en estos momentos vienen a ser lo mismo) con desconfianza el discurso antieuropeo del Frente Nacional ha calado fuerte entre los franceses. Marine Le Pen sabe que cuando los beneficios bajan y aumenta el desempleo una buena manera de llegar al votante es a través de su bolsillo; y esto es algo que ha reflejado a la perfección en un discurso económico que ha convertido su formación en la primera del país.

¿Y cuál es este discurso? Resumiendo mucho, obviamente, el Frente Nacional apuesta por el proteccionismo y el intervencionismo estatal: salida del Euro y devolución del poder al Banco Nacional Francés, reindustrialización del país y protección de dicha industria con aranceles, intervención estatal en los sectores estratégicos (banca, energía, transporte, industria, agricultura…), autarquía agrícola (apoyando la producción francesa frente a la extranjera o consumiendo solo productos hechos en el país), cierre de las centrales nucleares y apuesta por energías renovables, altos impuestos a los beneficios empresariales, prohibición de entrada de extranjeros en consejos de administración de las empresas, obligación a reinvertir beneficios en la creación de empleo… En definitiva, acabar con el liberalismo y devolver el control de la economía a París para mayor beneficio del pueblo francés. ¿Resultado? Éxito rotundo en las urnas.

Lo peor de todo esto, al final, no es el número de votos… Lo peor de todo esto es que el discurso económico de Le Pen sobre el papel podría estar perfectamente respaldado por un partido de izquierdas sin ningún problema. Si se extraen del programa la xenofobia y el ataque a las libertades individuales se nos queda un discurso económico que perfectamente podía haber firmado hace un año Podemos. ¿El problema? Que la izquierda ha perdido el discurso antiliberal y de intervención estatal a favor de la ciudadanía para venderse, de nuevo, a los interés económicos de las elites. La deriva del propio Podemos es el mejor ejemplo de ello.

Lo peor de todo esto es que la deriva y el giro hacia la socialdemocracia y el apoyo a la alta burguesía se ha hecho en busca de unos votos que al final van a resultar en un fracaso. El Frente Nacional muestra que hay un grupo de votantes, bastante numeroso además, al cual se le puede seducir con ideas muy alejadas de lo que viene a ser el liberalismo y la libre empresa. Mientras todos los teóricos de la izquierda dan vueltas y vueltas para encontrar propuestas con las cuales conquistar el poder en Francia la extrema derecha se ha apropiado de su discurso y ha dado un gran paso a nivel electoral. Porque obviamente más de un cuarto de la población en Francia no es fascista, ni mucho menos, hasta hace unos años el Frente Nacional no superaba el 10% en ninguna encuesta.

En los años treinta, en un escenario de crisis económica y problemas, el fascismo y el nazismo supieron convencer a los votantes de que su discurso era el mejor para solucionar los problemas. Las clases medias y cierta parte de la clase obrera confiaron en ellos mientras la izquierda se quedaba parada mirando y sosteniendo el sistema, de nuevo, a servicio de los grandes capitales. En los años 30 la izquierda fracasó en convertir el descontento en votos y fue adelantado por la extrema derecha, no cometamos el mismo error.

lunes, 16 de noviembre de 2015

Me duele Europa



François-Marie Arouet, más conocido como Voltaire, fue un filósofo, historiador y abogado francés que vivió durante el llamado Siglo de las Luces, el S. XVIII, siendo una de las figuras más importantes de la llamada Ilustración. Es decir, el renacer de la creencia en la razón como la solución a todos los problemas de la humanidad. Su objetivo era perseguir la ignorancia, la superstición y la tiranía para conseguir un mundo mejor. Suya es una frase que me gustaría hacer mía: “El ateísmo es el vicio de unas pocas personas inteligentes”. Es algo en lo que pensé nada más enterarme del atentado de París y forma parte de una reflexión más general, que hare a continuación. Creo que la religión es algo pernicioso para el hombre, es algo que he dicho en más de una ocasión, pero eso no me hace creer que todos los musulmanes sean culpables de la amenaza yihadista en la que vivimos. La religión es un problema porque atenta contra la razón y es un bastión de la ignorancia y la superstición, que acaba en tiranía derivando en tiranía, o en mentes manejables que hacen barbaridades como las del pasado viernes.

He llamado a mi entrada de hoy “Me duele Europa” y he empezado mencionando a Voltaire porque considero que son dos conceptos que deberían ir unidos. La Ilustración empezó una época en la cual Europa se fue convirtiendo, poco a poco, con las tensiones propias de la transformación, Revoluciones, Guerras Napoleónicas, Guerras Mundiales… A lo que es en la actualidad, o como mínimo a lo que era hasta hace unos años, un bastión de la razón frente a la barbarie y la ignorancia. Y ojo, no quiero que suene etnocéntrico, simplemente me refiero a que como proyecto común Europa ofrecía una serie de valores que emergían directamente de Voltaire y de otros filósofos de la Ilustración a los cuales se les había ido dando forma con el paso del tiempo y con colaboraciones de otros como Marx o Nietzsche.

Esa herencia común que compartimos los europeos viene de lejos y es la que nos ha permitido crear una serie de valores de los cuales sentirnos orgullosos. Herederos de la Revolución Francesa, de Robespierre, de Danton, de Lafayette y de tantos otros… En resumen. Herederos de esas tres ideas sobre las cuales se basa la democracia moderna: Libertad, Igualdad y Fraternidad. Y esas ideas las que fueron atacadas en París el pasado viernes, en un acto de tremendo simbolismo si lo vemos de este modo.

Pero el problema es que el ataque hacia esos valores europeos no ha venido necesariamente de fuera. Que no se me malinterprete aquí, quienes dispararon el gatillo obviamente atacaron el sistema desde fuera, pero el ataque no se detuvo ahí. Si, los terroristas eran yihadistas y estaban dirigidos por alguna de la multitud de facciones islamistas que combaten en Siria e Iraq y que los medios de comunicación llaman “Estado Islámico”; pero el ataque a los valores europeos no se detuvo con el último de los disparos en París.

Esta noche, aviones de la República Francesa han vuelto a atacar esos ideales mientras soltaban su carga mortífera sobre la ciudad siria de Al Raqqa, en el centro del país, y hogar según el último censo de más de 220 mil personas; numero seguramente inferior debido a la Guerra Civil que azota el país desde hace más de cuatro años. ¿El objetivo? El “Cuartel General del Estado Islámico”. ¿Los civiles? Son sirios… En fin. De nuevo otro ataque a esos valores de los que hablábamos, y por desgracia esta vez desde dentro de Europa.



Si, se ha de hacer algo contra el yihadismo, estoy de acuerdo, pero dudo que ese algo sea seguir bombardeando “posiciones” de una organización terrorista que se basa en tácticas de guerrillas para combatir. Seamos sinceros, el Estado Islámico, aunque algunos quieran convencernos de lo contrario, no es un país, y bombardear una ciudad no servirá de nada, la evacuaran y cambiaran de zona. Parece mentira que occidente no aprendiera esto tras la derrota en Vietnam, no se puede ganar una guerra no convencional con tácticas convencionales, el bombardeo aéreo no es una opción. ¿Es por tanto la solución una invasión terrestre? Tampoco lo creo, Rusia está aplicando tácticas similares y no parece que se puedan detener los atentados, aunque por supuesto han recuperado gran parte del territorio sirio, ya es algo más de lo que ha logrado occidente con sus bombardeos en dos años.

La Guerra no es la solución, la solución hay que buscarla en otras partes. Al terrorismo no se le vence por las armas, se le vence con inteligencia y asfixiándolo. Se le vence negándoles suministros, se le vence haciendo que Turquía, aliado de Europa, deje de armar y entrenar yihadistas para combatir a sus propios habitantes kurdos. Se le vence haciendo que Arabia Saudí, otro aliado de Europa, deje de venderles armamento para poder seguir desestabilizando a Irán y Siria, sus dos grandes rivales de la región. Pero sobre todo se le vence dejando de utilizar y reforzar los propios terroristas para hacerse con el control de la región, algo que occidente lleva haciendo desde la Guerra de Afganistán contra la URSS en los 80.

Final de Rambo III, pelicula dedicada a los combatientes yihadistas aliados de EEUU en Afganistán
Pero sobre todo se le vence dejando atrás de una vez los intereses coloniales, se le vence dejando de desestabilizar países solidos como Libia y Siria porque no venden petróleo barato. Se le vence dejando usar cualquier arma para hacernos con el poder y seguir controlando otros países porque consideramos que son inferiores. Y sobre todo se le vence dejando de crear guerras para seguir haciendo negocio con el armamento. ¿Un ejemplo? El Ministro de Defensa español, Pedro Morenés, es un directivo de la Industria Armamentística, responsable incluso de fabricar bombas de racimo, prohibidas por organismos internacionales. ¿Sospechoso? Pues es solo España, imaginad esto aumentado al nivel de lobby en Estados Unidos.

Y es que los valores europeos no son atacados por terroristas, sino que por desgracia son atacados por nuestros propios líderes, que día si día también nos exponen al terror por sus ansias de poder o de beneficios. Son esos intereses de las elites los que meten a Europa en guerras donde tiene poco que ganar y los convierte en objetivos de grupos terroristas. Y es que al final quien acaba pagando siempre es el pueblo, tanto en Europa como en Siria, o el Libano, o Iraq… Y es que la cuestión es que el enemigo no es de raza, sino de clase, y cuando antes lo veamos antes evitaremos nuevas tragedias. Como decía, me duele Europa, pero no por ataques desde fuera, sino por ataques de los propios europeos.

lunes, 2 de noviembre de 2015

Cuando el champán salvó a Francia


Hay alimentos que asociamos a países, como el jamón a España, la pasta y la pizza a Italia o el Fish & Chips al Reino Unido. Curiosamente en el caso francés podemos encontrar distintos productos que cumplen con este fin, como puede ser el queso, pero lo verdaderamente característico es el champan. Y ha hecho méritos más que suficientes para serlo, llegando incluso a salvar el país cual Juana de Arco. ¿Qué no me creéis? Seguid leyendo.

Ha llegado el gran momento, vamos a hablar de Francia y las Guerras Mundiales. Ya aviso que tendremos otros artículos basados en Francia y las Guerras Mundiales, pero este es el primero. Y es que nunca un país con tan pocos méritos militares (su última ofensiva con cierto éxito fue la invasión de Bélgica previa a Waterloo por parte de Napoleón en 1815) logró vencer en dos guerras mundiales. Ni siquiera Italia y sus diversos y ridículos cambios de bando en ambas contiendas se le acercan. Eso sí, no hay que quitar merito a su hábil diplomacia, si tus militares no sirven siempre puedes aliarte con los anglosajones o los rusos, que de guerra saben un rato.

En esta historia vamos a viajar a 1918, concretamente a la primavera de dicho año, cuando la Gran Guerra estaba en su punto culminante y lista para la conclusión. Porque eso era algo que todo el mundo tenía claro, la guerra terminaría antes de finalizar el año, debido al desgaste de ambos contendientes. No se podía saber quién acabaría llevándose el gato al agua, pero sí que la contienda no podía alargarse más. El bloqueo aliado sobre las Potencias Centrales había llevado a la población alemana y austrohúngara al borde del hambre y la revolución, solo el patriotismo y la visión de una victoria final que parecía muy cercana les mantenía en pie; al otro lado de las trincheras la moral francesa estaba a una derrota de la rendición y el ejército inglés, combatiendo en múltiples frentes (Balcanes, Oriente Próximo, Europa Occidental) estaba al borde del colapso; solo la llegada de los estadounidenses daba esperanzas para el futuro.

Por tanto ambos bandos se preparaban para una batalla que iba a ser decisiva y la inciativa recaía en el bando de las Potencias Centrales. La Revolución Rusa había sacado al Zar de la guerra y tras conseguir la paz en Brest-Litoskv están preparados para aplastar a sus rivales occidentales. Por fin, tras casi cuatro años de guerra, el Plan Schlieffen (echar a Francia de la guerra rápidamente y concentrarse en Rusia) es completado, aunque no de la manera esperada, y el Kaiser puede concentrar todas sus tropas en un frente. El fin de Francia está cerca, y Ludendorff, líder militar de Alemania y en estos momentos prácticamente su dictador, tiene claro donde dar el golpe.

El Frente Occidental lleva desde 1914 atascado en una guerra de trincheras que cruza Francia y Bélgica desde el Mar del Norte hasta Suiza. Ludendorff, que ya lo intentó al norte, en Ypres, el mes anterior y fracasó lleva mucho tiempo mirando el centro de esa línea, donde las líneas británicas se unen con las francesas. Su objetivo es romper el frente ahí y llegar a los puertos del canal para complicar el abastecimiento desde el mar de las tropas aliadas. El ataque sale bien, pero no logra su objetico y a 35 kilómetros de Dunkerque es detenido por un contraataque inglés. Pese a todo sigue teniendo hombres para seguir intentándolo, gracias a los refuerzos llegados desde el frente ruso.



Esta vez el golpe será más al sur, en la zona de Aisne, en la Champaña. Este sector esta defendido por franceses y Lundendorff espera derrumbar la moral del ejército con una victoria atronadora que le permita, además, llegar a París. El inicio de la ofensiva es genial, el frente se derrumba y el Gobierno Francés, temiendo por la seguridad de la capital, se retira a Burdeos. Es el 27 de Mayo y en toda Alemania se respira esperanza, la guerra puede terminar en unos días. Pero si algo tiene Francia cuando pintan bastos y la derrota parece absoluta es suerte; ya les ocurrió con Juana de Arco, les ocurrió con Napoleón en Austerlitz y les volvió a pasar en la Gran Guerra.

El avance alemán por la Champaña tuvo más inconvenientes de lo esperado. No era extraño ver a las hambrientas tropas del Kaiser tomar al asalto los depósitos de alimentos aliados tras una victoria. Era algo común y que demostraba los problemas que el bloqueo había traído a la Alemania. Pero esta ofensiva fue diferente, y es que lo que tomaron al asalto los soldados fueron las cavas del champán que abundan en la región. Es el 30 de Mayo y los informes no pueden ser más demoledores, una columna de aprovisionamiento advierte al Cuartel General de su incapacidad para atravesar el pueblo de Fimes porque “La calle está llena de soldados borrachos y de botellas de champán, unas llenas y otras vacías.” El Ejército Alemán está a menos de 100 kilómetros de París, pero el retraso debido a la fiesta permite a los franceses reorganizarse y resistir, salvando de nuevo a su capital como ya lo hicieran en 1914.


A Ludendorff el cuerpo le pide fusilar a todas las compañías que se emborracharon en la Champaña, pero por desgracia las cosas no están para hacerlo ya que el Ejército Alemán tiene grandes problemas de hombres. La guerra está perdida, la última oportunidad se ha esfumado y ahora la llegada de los norteamericanos no hace sino complicar cualquier otra opción. Por supuesto, los alemanes lo intentaran una última vez, en Reims en Julio, pero eso solo será un canto de cisne. En Noviembre, tras una ofensiva aliada en todos los frentes, Alemania se rendirá y pondrá fin a la Primera Guerra Mundial, solo seis meses después de haber estado a las puertas de París y de la victoria.